viernes, 25 de noviembre de 2016

domingo, 20 de noviembre de 2016

"Pero la vida de F. no es una película americana"

En el barrio dicen que F. siempre fue un chico raro.
Jugaba con la corteza azul de los chopos y hacía primavera.
Maldice la pubertad con sus sóleos iluminándole las piernas.
Tiene amapolas descarnadas en su ano, en sus mejillas.
Le ha crecido un prado de malvas sobre el abdomen.
El viento se pierde en una trinchera de pelo oscuro.
F. ha dejado la paleontología por su carrera de modelo.
Se ha quitado las gafas y el diastema hasta sangrar plástico.
El especialista le receta cortinas de ibuprofeno.
Pero no basta para F. que busca con sus antebrazos
Un filo y se encuentra con los dientes de sus padres:
Tiene el sexo enfermo. Cambia las cortinas analgésicas
Por las garras de un espejo que pronuncia el nombre de su abuelo.
Le queda en la mirada una tierra dura. Su iris se enfrenta abandonado al mundo.
Desea una boca con la que aprender a pronunciar la palabra olvido.
Pero unas cuantas letras no borran las estrías del vello púbico.
F. ahorca la histeria con su epidídimo, destruye sobre sus pies una ventana.
El especialista piensa que quizá debería masturbarse mientras lee Kant.
F. ha bailado hasta la desnude unas convulsiones culpables sobre el altar.
El cura dice que ese chico no puede beber la sangre de Cristo.
Fue primero un rutilante trastorno sobre su cuerpo de niño.
La adolescencia le condena a un cuerpo mutilado por la moral.
Su cuerpo late rojizo en las camas de cualquiera que crea en su belleza.
Su cuerpo le late en el vientre, en los muslos, en las manos, en el cuello.
El especialista no sabe si pedirle que escriba un diario.
F. ha cogido un vaso de agua y ha trenzado una alfombra azul diazepam.
Sus ríos viscerales sueñan con la irremediable cascada esofágica.
El especialista les dice a sus padres que todo saldrá bien.
Pero la vida de F. no es una película americana.
Le detienen por practicar sexo en la vía pública. Su padre le pegó.
El cuerpo pueril de F. es un río visceral llorando violeta.
El especialista le interna porque su tronco ha sido un accidente de una vía.
Contiene un mar de semen en sus testículos precoces.
No le tiene miedo al tren.
F. se ha ido de casa una semana y ha vendido su cuerpo al infinito.
Al final vuelve con las siglas VIH en las cejas opacas. Pero siempre hay suerte.
Ha dibujado un mapa de ansiedad en los caminos azules de sus muñecas.
F. es irremediablemente bello. No puede evitar ser miserable.
Y eso dilata su perfección líquida. Sus ojos estrábicos  miran a la Luna.
Miran en el tórax perforado de un hombre que promete amarle.
El especialista no sabe curarle y le ha recetado una soga.
Ese desorden mental, quien lo recoge. Huele a sangre.
Un poema que soporte dosis letales de toda la euforia química.
Sus padres, el especialista, el panadero, la peluquera, el viejo del quinto.
Las cigarras se suicidan en las voces de sus inviernos.
Nadie se ensaña con su cadáver, aún es intocable.
En el barrio dicen que F. siempre fue un chico raro.
Su idioma corpóreo es una ruina refulgente, aún tierna.
Todavía le queda carne en los muslos que quiere someter a juicio.
F. tiene un plan: lo escribe desde la habitación seiscientos veinte.
Lo escribe porque no cree en las soluciones intravenosas de escarabajos.
Tampoco cree en los confesionarios, pero necesita vomitar su historia.

Poema que pertenece al libro La caricia de las amapolas, de Rodrigo García Marina, con el que consiguió el Premio de Poesía Saulo Torón 2015.