martes, 25 de octubre de 2016

"Vuelo interrumpido"

"Cuando me abran el vientre en una mesa de operaciones, en busca del hígado, o de la vesícula, o del estómago, encontrarán en lugar de vísceras un silencio de quintas desiertas y el ladrar lejano de los perros, la inquietud de los perros llamando, sobresaltados, a la madrugada. La luz del Algarve, la luz de Messines, se pegaba a los pulgares como un polvo de mariposas, si toco una casa o una calle, o un río, la marca de mi mano queda impresa en las cosas como en el barro húmedo de la escuela, hueco de la palma, falanges, uñas, puedo robarle un pedazo a esta tarde, llevarlo en un bolsillo hasta Lisboa, sacarlo del bolsillo y quedarme mirando durante mucho tiempo los campos desdeñados por las olas, los perros cabizbajos que trotan entre las viñas al paso oblicuo de los zorros, la tímida penumbra de los porches, la tierra que el mar desprecia como un hueso inútil, un hueso hueco como los de las aves, asesinadas en un vuelo interrumpido".

Conocimiento del infierno, de António Lobo Antunes, (2007).

jueves, 20 de octubre de 2016

"Mi madre es un pez"

"Entonces echo a correr. Corro hacia la parte de atrás y llego al borde del porche y me paro. Y me pongo a llorar. Veo el sitio en el polvo donde ha estado el pez. Ahora, hecho trozos, ya no es un pez, y ya no me puede manchar de sangre las manos y el mono. Antes no era lo mismo. Aún no había pasado esto. Pero ahora ella se está alejando tanto que ya no puedo alcanzarla"

Mientras agonizo, de William Faulkner (2011).

miércoles, 19 de octubre de 2016

Grito o fractura

"-No me gusta esta vértebra
de modo que pueden partirle los tobillos al buey, me he equivocado, no dispare a los perros del abuelo, dispáreme a mí, la baba de ellos, el hambre, ningún grito a pesar de tantos gritos, cada gesto que no hacía gritaba, cada movimiento de la cabeza en la almohada gritaba, cada centímetro de piel gritaba, qué difícil esconder este miedo, el abuelo siempre solo, comía con movimientos que no parecían a los nuestros, no oía cuando caían los erizos de los castaños, cada tren el mismo tren y sin embargo sí los oía el perfume de los frascos vacías y sus frases sin peso llamándolo
-Carlos".

Sobre los ríos que van, António Lobo Antunes (2015).

lunes, 10 de octubre de 2016

La sangre es un desecho peligroso

"Aquella mujer volvía del hospital en el que trabajaba como enfermera y se iba a casa, así que le formulé una pregunta que me había rondado por la cabeza desde mi último día en el laboratorio:
¿Qué hacen con la sangre? Quiero decir, cuando han acabado con ella.
¿Qué sangre?, me preguntó.
La de los análisis. Cuando han hecho un análisis por si tienes alguna enfermedad o para mirar los niveles hormonales o lo que sea. La sangre que hay en esos tubos de ensayo, ¿qué ocurre con ella?
Bueno, la tiran. Es un desecho peligroso.
Pero ¿dónde va a parar?
A un lugar seguro. Primero a un tubo, luego a un contenedor de desechos peligrosos, que después se lleva una empresa. Los trasladan a un lugar seguro y nadie vuelve a tocarlos jamás".

Nunca falta nadie, de Catherine Lacey (2016).

domingo, 2 de octubre de 2016

Carta a AngélIca Liddell

Había soñado que éramos niñas con las rodillas manchadas de polen. Sosteníamos la caída y la fiebre de las estrellas. Sosteníamos los hornos encendidos de lenguaje. Habías recitado la canción de las plagas. Las ratas temían hablar como los dioses. Habíamos trenzado nuestros pulmones con sal y purpurina. Y decíamos que éramos amantes por tener la cara pálida de haber amamantado osos que arrancaban la piel a los niños. Éramos niñas o libélulas flotando en el agua. Mariposas de nieve embalsamadas con cloro. Soñabas con ser Ofelia o Ana. Soñabas con peluches en un vídeo porno. Masturbabas el invierno con flores empapadas de cianuro. Éramos niñas y no podíamos olvidar la nostalgia como un animal que visitaba nuestros huesos calientes, que los mordía dejando la historia con placas rebosantes de pus. La infancia era como un concierto donde los perros mordían nuestra sangre porque creían que nuestros corazones de tres lunas podían oler a lejía. Preguntábamos a los árboles, a las luciérnagas que hurgaban en el sexo de las nubes y a los dioses que se inyectaban polvo de hadas por el tiempo por las almohadas manchadas de sangre por los colores que eran infinitos.

Había soñado, Angélica, que la belleza era un niño que me señalaba el cielo con su escopeta, y sus ojos derramaban esperanza.


Quemaba, el cielo nos quemaba.