martes, 26 de abril de 2016

Insomnio o mediodía

Masao Yamamoto



Vomitar la luz. Sostener la mano que tiembla en mi pecho.
Decir que busco el principio de toda hambre.
 

viernes, 22 de abril de 2016

Otra noche

Masao Yamamoto


Supongo que la noche más cruel será la más silenciosa
Angélica Liddell




Cerrar un poemario. Tener hambre de ti misma.

miércoles, 6 de abril de 2016

La casa de las luciérnagas

No sé cuántos poemarios he escrito ya, otra cosa son los que he publicado. Este lunes 4 de abril ha salido mi poemario con el que gané el I premio Valparaíso de poesía. No me lo esperaba, la verdad. Me acuerdo de que hace casi dos años salió mi primer poemario Amapolas en enero. No he hablado de ello, porque también estaba escribiendo otro poemario, que casi lo llevo por la mitad, y haciendo trabajos del máster. 

Qué decir de este poemario, lo escribí durante el verano pasado, había escrito varios poemas por aquí y en mi otro blog, casi de la misma temática. Siempre he pensado en poetizar todo lo que era la parte de Níjar, sobre todo la zona de mi cortijo, tan árida y tan salvaje,  mi refugio preferido. He querido llevar al papel una memoria ficticia personal.

Dos referencias me han servido mucho: Federico García Lorca y Herta Müller. 
Aquí os dejo el primer texto del poemario.
Agradecer mucho a todos los que estais interesados por leer el poemario.
Agradecer a mis padres, a mis hermanas, son las personas imprescindibles en mi vida.
Y agradecer a Rodrigo, por su dulce y atenta mirada que siempre hace a los poemarios que escribo, y a quien admiro desde la primera vez que hablé con él.
Agradecer a la editorial Valparaíso por su confianza, por los miembros del jurado, gracias y mil gracias :)

 
Instrucciones para repetir la herida



1. No dejes que la cría del lobo lea el poema, se morirá de frío. Se morirá de tristeza. Se morirá con el pelaje escamado, con el hocico abierto, con la boca pidiendo piedras rojas.

2. Los niños quieren escribir un poema que haga llorar a las mariposas, que haga llorar a las polillas y las cigarras que van a nacer hoy.

3. Mamá me enseñó que el poema puede ser una imagen que abra las puertas hacia lo desconocido.

Puede ser el sueño de una luciérnaga o el corazón de un becerro cuajándose por la noche.

3.1 Mamá me enseñó que el poema puede ser una jaula en la que podía más adelante colorear sus entrañas.

4. Tendría que saber dónde está la herida que me hizo perdonar a mi hermana, tendría que saber si en esa herida se escondía la tumba del fuego se escondía la parábola mal traducida se escondía la misericordia de todos los pájaros que agonizaban en el asfalto.

4.1 Tendría que haber tocado la sangre caliente que se derramaba por mi cuello si quería que el poema fuera un cuchillo, que está latiendo entre cenizas.

4.2 Derramé la sangre como si fuera leche, porque llevé puesto un collar de espinas en esa noche en que la luna cegó a las perdices, que se habían despertado para mudar la pluma. Un collar para recordar la muerte de mi abuela.

5. No importa si el corte se ha hecho en horizontal, si la gallina ha sido degollada por dos amantes, si la niña ha sido ahogada por la sinestesia.

5.1. No importa, mamá me enseñó que para escribir primero hay que ser precipicio, luego hay que tender la mano de quién se cae, limpiarla con lejía y por último descansar sobre la herida que ya no sangra.


viernes, 1 de abril de 2016

Un animal triste en mi boca.

Dónde está la mordedura si mi pecho no sabe ladrar.

Al principio creía que unos buenos dientes me podrían salvar de la caída,
pero no de un buen arañazo, no de un bisturí o no de la venda empapada
de llantos coloreados con lejía.
A veces papá me miraba cuando la luna se arrancaba la lengua
aquella niña que no sabía distinguir la mariposa de lo que era una avispa ardiendo entre las piernas,
acaso las mariposas sabían dónde estaba la boca y dónde estaba el borde de un cuchillo.
Me comí las manos para no multiplicar los muertos que había en mi memoria.
Desnuda estaba la casa, desnuda estaba yo cuando el invierno
no sabía distinguir la nieve del color del suicidio.
Estaba llorando porque mi clítoris sabía expresar la tristeza
mejor que mi corazón bien colocado entre mis pulmones,
entre un latido y otro puedes pasar del daño a la indiferencia.
El niño le preguntó a un árbol por qué los ahorcados no se caen
porque nadie ha aprendido a caerse como un muerto.
La luna se arrancó la lengua
cuando las ninfas con sus pies de cemento bailaban entre columpios y
rosas que apenas cumplían tres días de vida y dos noches de descanso.
Hay niñas que saben que la  verdadera bala viene después del disparo,
que estamos esperando a que dios se muerda la boca a que la hoguera apague la llama
y que esa llama queme mis huesecitos guardados en la mesa de la televisión.
Había olvidado que la quemadura era para saber dónde estaba el norte y dónde estaba el sur de tus cenizas.
Mi cuerpo desmayado en calles de febrero y mi papá cosiendo montañas de trigo
para que la mañana muriera despacio para soñar más deprisa
para que las ninfas con pies de cemento pudieran saber que el sol es un cadáver dentro de un cadáver,
que no es de color gris sino de un color traspuesto por otro color,
que el sabor de la fresa sigue siendo el mismo,
que nadie muere porque la palabra muere,
sino porque la palabra no significa nada.