domingo, 2 de octubre de 2016

Carta a AngélIca Liddell

Había soñado que éramos niñas con las rodillas manchadas de polen. Sosteníamos la caída y la fiebre de las estrellas. Sosteníamos los hornos encendidos de lenguaje. Habías recitado la canción de las plagas. Las ratas temían hablar como los dioses. Habíamos trenzado nuestros pulmones con sal y purpurina. Y decíamos que éramos amantes por tener la cara pálida de haber amamantado osos que arrancaban la piel a los niños. Éramos niñas o libélulas flotando en el agua. Mariposas de nieve embalsamadas con cloro. Soñabas con ser Ofelia o Ana. Soñabas con peluches en un vídeo porno. Masturbabas el invierno con flores empapadas de cianuro. Éramos niñas y no podíamos olvidar la nostalgia como un animal que visitaba nuestros huesos calientes, que los mordía dejando la historia con placas rebosantes de pus. La infancia era como un concierto donde los perros mordían nuestra sangre porque creían que nuestros corazones de tres lunas podían oler a lejía. Preguntábamos a los árboles, a las luciérnagas que hurgaban en el sexo de las nubes y a los dioses que se inyectaban polvo de hadas por el tiempo por las almohadas manchadas de sangre por los colores que eran infinitos.

Había soñado, Angélica, que la belleza era un niño que me señalaba el cielo con su escopeta, y sus ojos derramaban esperanza.


Quemaba, el cielo nos quemaba.

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