viernes, 1 de abril de 2016

Un animal triste en mi boca.

Dónde está la mordedura si mi pecho no sabe ladrar.

Al principio creía que unos buenos dientes me podrían salvar de la caída,
pero no de un buen arañazo, no de un bisturí o no de la venda empapada
de llantos coloreados con lejía.
A veces papá me miraba cuando la luna se arrancaba la lengua
aquella niña que no sabía distinguir la mariposa de lo que era una avispa ardiendo entre las piernas,
acaso las mariposas sabían dónde estaba la boca y dónde estaba el borde de un cuchillo.
Me comí las manos para no multiplicar los muertos que había en mi memoria.
Desnuda estaba la casa, desnuda estaba yo cuando el invierno
no sabía distinguir la nieve del color del suicidio.
Estaba llorando porque mi clítoris sabía expresar la tristeza
mejor que mi corazón bien colocado entre mis pulmones,
entre un latido y otro puedes pasar del daño a la indiferencia.
El niño le preguntó a un árbol por qué los ahorcados no se caen
porque nadie ha aprendido a caerse como un muerto.
La luna se arrancó la lengua
cuando las ninfas con sus pies de cemento bailaban entre columpios y
rosas que apenas cumplían tres días de vida y dos noches de descanso.
Hay niñas que saben que la  verdadera bala viene después del disparo,
que estamos esperando a que dios se muerda la boca a que la hoguera apague la llama
y que esa llama queme mis huesecitos guardados en la mesa de la televisión.
Había olvidado que la quemadura era para saber dónde estaba el norte y dónde estaba el sur de tus cenizas.
Mi cuerpo desmayado en calles de febrero y mi papá cosiendo montañas de trigo
para que la mañana muriera despacio para soñar más deprisa
para que las ninfas con pies de cemento pudieran saber que el sol es un cadáver dentro de un cadáver,
que no es de color gris sino de un color traspuesto por otro color,
que el sabor de la fresa sigue siendo el mismo,
que nadie muere porque la palabra muere,
sino porque la palabra no significa nada.







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