domingo, 29 de noviembre de 2015

Cuando la infancia todavía es un ramo de amapolas en mi cerebro

Me rompí la cabeza en el patio de un colegio
porque quería saber de qué color eran las amapolas en mi cerebro. 
Y fui idiota pensando que la herida se iba a curar  con un arañazo,
pero me equivoqué, fui cobarde antes de que naciera una estrella debajo de mi cama, 
me hicieron serlo aún más cuando algunos  me animaron a ser valiente,
ser valiente significaba cortarme las alas que llevaba dentro.
La luna dejó de vomitar los minutos en los ojos de un actor jubilado.
Las estrellas se quedaron encerradas en un cuarto de baño,
mientras  yo intentaba sujetarme el pelo para ver cómo mi cabeza
vomitaba los tallos de las amapolas. 
Cuando dudaba si todavía era una niña, empecé a quemarme el estómago.
Tenía muchas ganas de subirme a un tobogán porque pensaba que iba a irme directamente
al infierno  para que un centauro me raspara las rodillas, las llenara de sal
y me ayudara a gritar  hasta que todas las ventanas de una ciudad invertebrada estallaran. 
También tenía muchas ganas de ahorcarme con una soga trenzada con avispas. 
Pero las avispas que nacieron ancladas en mi vientre, envejecieron en un tarro de cristal 
Nadie quería a una niña que hablaba con las grietas de una casa árbol.
Nadie quería asustar a esa niña que comía abono porque no quería enamorarse.
Los pájaros temblaban cuando la niña cosía lirios en su cráneo.
Las hadas me quitaron la pistola con la que me iba a disparar tras ver un arcoirís.
Jugué demasiado a las canicas para luego ver cómo la luna vomitaba saliva 
a los hombres que cazaban mariposas en una sex-shop.
Jugué a ser bala y me di cuenta de que yo no era una mentira, 
me di cuenta de que solo podía coger mis piernas para morirme de amor en un espejo.   

domingo, 22 de noviembre de 2015

Siento un funeral de luciérnagas en mi cabeza

Sentí un funeral en mi cerebro...,  dice Emily 
Angélica Liddell


Los niños están viendo cómo sus padres follan en el cuarto de baño.
Los niños están viendo cómo sus cuerpos se ensucian con purpurina.
Los niños no comprenden por qué afuera no recogen los pájaros que cayeron de los árboles. 

Escribimos un testamento para que nuestros padres no lloren después que nos hayamos ido.
Los perros nos van a regalar flores de plástico para que nuestras clavículas pálidas de odio no tengan frío. 
Lo escribimos recordando que cuando cumplimos cinco años, teníamos ojeras, y muchas ganas de dominar el mundo,  de quemar las flores que había en la cocina, de rompernos las rodillas porque los columpios no nos ayudaban a tocar el cielo.  
Lo escribimos recordando que nos cortamos las pestañas porque no queríamos crecer.
Lo escribimos recordando que las libélulas nos vendaban los ojos porque no querían que viésemos como nuestros padres vomitaban en su décimo aniversario de casados.
Nuestros padres no sabían que habíamos crecido con un tiro en la cabeza.
Habíamos robado en una tienda de caramelos y ahí estaban osos de peluche apuntándonos. Ni sabían que habíamos ido al psicólogo porque estábamos enamorados de él, queríamos compartirlo en el cuarto de baño. 
Hemos manchado de tristeza las ventanas.
Hemos detonado muchas camas de matrimonio.
Nos hemos cosido las pestañas con cera de las velas que se encendieron en una noche romántica, en que los fuegos artificiales servían para que el sol se despertara antes de tiempo.
Las hadas nos habían dicho que nuestros órganos servían para resucitar a los actores pornográficos. 
Las hadas tampoco sabían que habíamos nacido con el cordón umbilical manchado de petróleo.
Ni sabían que nuestros padres habían salido en televisión para decir que se habían conocido en un peep show. 

Afuera los pájaros  siguen acribillados en el suelo.
Afuera las personas caminan con bolsas de plástico en sus cabezas.
Afuera los niños no saben que detrás de mis ojos hay un funeral de luciérnagas muertas porque hicieron el amor a oscuras.

   

jueves, 12 de noviembre de 2015

En proceso

La libélula que duerme en tu páncreas sabe tu nombre.

Olga Novo


Tenía ojeras y un montón de signos lingüísticos para componer una historia.  
Tenía una bufanda de ácido que ahora no me sirve para ahorcarme.
Soy fruto de una exageración que se puede masticar pero duele.


lunes, 2 de noviembre de 2015

El porno de las libélulas azules.

Lo que me preocupa no es tener ganas de vomitar todo el rato  sino la necesidad de escribirlo.

Angélica Liddell

Todo lo que no vomite aquí está en el poema-poemario que estoy escribriendo. 
Todo lo que vomité y vomitaré aquí no se encuentra en dicho poemario.