domingo, 29 de noviembre de 2015

Cuando la infancia todavía es un ramo de amapolas en mi cerebro

Me rompí la cabeza en el patio de un colegio
porque quería saber de qué color eran las amapolas en mi cerebro. 
Y fui idiota pensando que la herida se iba a curar  con un arañazo,
pero me equivoqué, fui cobarde antes de que naciera una estrella debajo de mi cama, 
me hicieron serlo aún más cuando algunos  me animaron a ser valiente,
ser valiente significaba cortarme las alas que llevaba dentro.
La luna dejó de vomitar los minutos en los ojos de un actor jubilado.
Las estrellas se quedaron encerradas en un cuarto de baño,
mientras  yo intentaba sujetarme el pelo para ver cómo mi cabeza
vomitaba los tallos de las amapolas. 
Cuando dudaba si todavía era una niña, empecé a quemarme el estómago.
Tenía muchas ganas de subirme a un tobogán porque pensaba que iba a irme directamente
al infierno  para que un centauro me raspara las rodillas, las llenara de sal
y me ayudara a gritar  hasta que todas las ventanas de una ciudad invertebrada estallaran. 
También tenía muchas ganas de ahorcarme con una soga trenzada con avispas. 
Pero las avispas que nacieron ancladas en mi vientre, envejecieron en un tarro de cristal 
Nadie quería a una niña que hablaba con las grietas de una casa árbol.
Nadie quería asustar a esa niña que comía abono porque no quería enamorarse.
Los pájaros temblaban cuando la niña cosía lirios en su cráneo.
Las hadas me quitaron la pistola con la que me iba a disparar tras ver un arcoirís.
Jugué demasiado a las canicas para luego ver cómo la luna vomitaba saliva 
a los hombres que cazaban mariposas en una sex-shop.
Jugué a ser bala y me di cuenta de que yo no era una mentira, 
me di cuenta de que solo podía coger mis piernas para morirme de amor en un espejo.   

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