martes, 1 de septiembre de 2015

Cuando el amor no es un monólogo para un hombre de tres cabezas

 Vamos a aullar a los dramaturgos griegos
que somos pobres
que nos gusta lamer el sexo de las nubes
que me gusta tener mi coño bien alimentado
que nos gusta inyectarnos redes sociales  en nuestros huesos de porcelana.
Vamos a aullar en estas sábanas tan sucias de esperma onírico
que estamos tranquilos cosiendo las piernas del mar
cosiendo sílabas que fonológicamente nos estaban estrangulando.
Vamos a lamer el culo de una montaña nevada.
Vamos a lamer nuestras rodillas cuando tengamos una idea romántica,
cuando tengamos los dientes astillados por masticar
una plaga de dudas 
sobre si nuestra relación va a durar
si me vas a ser infiel con la luna deformada en el espejo
si tengo celos de mi estómago
si tengo celos de mis intestinos
si tengo celos de la historia fonética de mi sangre.
Y después de aullar,
pienso  hablar en una escena conmigo misma
y después pienso besarme con la vulva hirviendo de lenguaje
hirviendo en primera persona del plural
en pequeños relojes de arena
como si estuviera en un cadalso lleno de flores
con niños alegres por verme ejecutada.
 Vamos a aullar a los dramaturgos griegos
con los rostros pálidos de luciérnagas 
pálidos de tanto comer naranjas podridas de la guerra
de la guerra en la que nos perdimos
sin saber que el amor era una niña masturbada por las cenizas.

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