lunes, 22 de junio de 2015

La columna vertebral de mis ruinas

Con las uñas de purpurina desentierro los trabajos de la noche
los huesos de una pasión bélica 
huesos de lo que fue la adolescencia
la crucifixión el deseo de no ser mundo.
Guardo los ojos de mi peor amante
en una maceta sin abono sin flores sin recuerdos.
Todos los padres querrán comer los órganos de sus antepasados.
Todos querrán comer las flores que sobrevivieron a una guerra.
Estoy exiliada de mi garganta y de los pájaros que no duermen.
Desentierro también la columna vertebral de una casa.
Descubro a una familia que asesinó a dos hermanos 
dos hermanos que se prometieron ser adolescentes en la cama
en la política en la duda y en la certeza.
En una habitación leo la melancolía de María Magdalena.
La poesía de los gusanos.
El arte de dibujar estrellas con cocaína.
Descubro las grietas de un libro el corazón inmóvil de mi abuela
que soñó  con ser la niña de todas sus metáforas
la niña que se alimentó de trigo y arena para sobrevivir al amor.
Ella vio a un hombre de paja con un cuchillo matar a la luna de las siete lenguas del universo.
No se enamoró de su marido. Se enamoró de un espejo. 
Se enamoró en un nicho donde las amapolas nacían tristes y se morían disecadas.
Se enamoró cuando los árboles se curaban con amoniaco.
Se enamoró cuando los hombres se suicidaban en un campo de sal.
Se enamoró cuando el lenguaje no era poesía ni matrimonio entre las nubes y las mariposas.
Las mariposas no sabían reconocer el frío.
No sabían escribir la realidad.
Se enamoraron de los hombres lingüísticos que había en esa época.
Arquitectos que se suicidaron en el vacío de las cosas.
Me doy cuenta de que nadie ha sobrevivido aquí.
La soledad no me ayudó a resucitar vestida de azul.
Me masturbé para volver a vivir no para desenterrar a los vivos de los muertos.
No ayudé a resucitar a los que se ahogaron en un río de avispas muertas.
Nadie me ayudó a leer la historia con polvo de hadas.
Me masturbé pensando en que el mundo podría haber sido destruido mejor.
No sé si la poesía acabará matándome.
No sé si la poesía ensuciará mi boca de estiércol.
Mis ojos de esperma.
Nadie me va a reconocer. 
Nadie me va a recordar.

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