sábado, 23 de mayo de 2015

He matado a mi mejor amigo en un sueño y quiero que el amor sea un himno para mis hijos que no han nacido

He matado a mi mejor amigo en un sueño y quiero que el amor sea un himno para 
mis hijos que no han nacido todavía
para aquellas flores que no han tocado aún el cadáver de la luna.
Quiero bailar con los huesos de mi mejor amigo para recordar que el amor
no es un árbol carcomido de purpurina
no es un refugio para aquellos que calientan sus cicatrices de alquitrán.
Quiero recordar que cuando escribí este poema lo hice para que él fuera 
una libélula en la boca de una ballena 
una líbélula con ojos de tigre
y  Cristo resucitado. 
Lo he matado pensando que los gatos podrían devolverle un beso que fuera universalmente lexicalizado gramaticalmente sucio y caliente.
Te dije antes de matarte que el lenguaje no tenía las rodillas de un salvador
las rodillas de un verdadero amante que se sacrifica en un altar hecho de clavos y espinas
que aprende a odiarme en una cama de pétalos de lluvia
que aprende a leer la belleza en la basura
que aprende a comer el pellejo de los hombres tristes.
Quiero que mi hijo tenga tus costuras de fuego 
tu garganta de montaña
tu saliva de antigüedad clásica 
tus labios de un poeta herido en una guerra de oro.
Solo tu cuerpo es una flor en los labios de Dios
es una mancha inofensiva en mis labios de hija, hermana y amante.
Nadie me iba a salvar de escribir mil poemas con este mismo sentimiento de quererte matar en todos mis sueños fugaces y consentidos
sueños en los que no aparece el lenguaje
en los que sí aparece un jardín de flores manchadas de purpurina
de heridas abiertas por la sal o por la lengua de los piojos.
Puse tu cuerpo para que Cristo supiera qué es un corazón hinchado de sangre
y arrepentimiento. 
Puse mis labios sobre los tuyos mi vagina sobre tu vientre para sentir que el mundo no se construye con la memoria
no se construye con un cuchillo en la mano y un trozo de pan en la otra.
Quería sentir que la poesía se podía despedazar como una luciérnaga.
En ese sueño lavé tus glóbulos ya consumidos por la histeria por la adolescencia no revelada
por el romanticismo de un siglo que nunca va a existir.
Te lavé como si fuera un hijo y te puse el nombre de la persona que descubrió el fuego
que habló a sus padres con el idioma 
con el que se puede expresar el odio y el amor a la misma vez
para escribir mil veces la misma caída y no equivocarse de cicatriz.



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