domingo, 19 de abril de 2015

Somos arquitectos de la sangre que perdimos

La sangre tiene dedos y abre túneles
debajo de la tierra
Pablo Neruda

Somos niños muertos que buscan la arquitectura del dolor
en un jardín perdido 
y atrofiado por las flores y los reyes que se comieron
a los hijos del viento
a los hijos sanos de un sacerdote
que estaba enamorado de un árbol cuyos frutos 
caían donde estaba el sol desnudo como un bebé.
Somos niños en un nido de metal
y tenemos la garganta atorada de angustia y hambre.
No nos hemos besado todavía
porque el frío se calienta en nuestras manos sucias
de amapolas y mitos griegos. 
Y nadie nos quiere besar porque la cura es contagiosa
pero insistimos que alguien nos bese
para sentir la guillotina en nuestros estómagos.
Nadie pensará que estamos locos
y que estamos buscando a los cerdos que se ahogaron en el mar
para que nos contesten a las dudas de color violeta
 o de un color que se asemeja a un trauma
en el cual nos pillamos los labios en la puerta de una habitación
pintada por un azul esquizofrénico
azul que carcome los huesecitos de un búho hinchado
de planetas inhabitables. 
Nadie pensará que estamos enamorados 
que estamos diseccionando el mundo verso a verso
enfermedad por enfermedad.
Me acuerdo de que me enamoré de tus rodillas manchadas de polvo blanco
porque las olí y perdí el gato verde que arañaba mi boca.
Me acuerdo de mis dientes de agua que los guardé debajo de la cama de mi madre
sí, en esa parte donde el silencio no se masturbaba con nosotros.
Hemos perdido nuestros dedos de sangre
para escarbar los pozos
en donde se escuchan esos escorpiones que tiñeron de oscuridad 
los párpados de aquellos niños hambrientos e inocentes del jardín.
Les preguntamos qué era la sangre
y si tenía cuerpo como nosotros
si tenía larvas de arena como nosotros
relojes de purpurina 
o pestañas manchadas de tristeza.
No nos respondieron
siguieron boca abajo con la piel encharcada de alquitrán.
Hemos llorado porque en sus cuerpos se cobija el verdadero futuro del que nadie nos habla.
Nos hemos masturbado para que el silencio no nos castigue más
para que el dolor sea también el lenguaje de los muertos
de los niños atropellados por la adolescencia.
Pedimos que alguien nos bese con la boca llena de piedras.
Nos hemos violado para que la sinceridad no se convierta 
en una fábula en donde los animales se mueren por encontrar el falso amor de la esperanza.
Y por eso pedimos que alguien nos bese también los ojos
para que no nos convirtamos en una isla en donde nadie no iba a dibujar
la lluvia en forma de ceniza o la carne en forma de mar.
O que alguien nos mate
para encontrarnos en una biblioteca infinita de guerras y laberintos
infinita de gusanos y ciervos
infinita de estrofas que muerden el páncreas del universo
infinita de flores que nos revelan la risa de los soldados muertos
en la nieve.

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