domingo, 1 de marzo de 2015

Tu madre nos enseñó que el mundo no era un poema universal

Tu madre ha visto cómo los huérfanos de la luna
eran pájaros sin labios y sin cabeza.
Tu madre ha visto cómo mis manos eran bautizadas
por un niño que se enamoró de su cama,
vieja y libre de puertas que no abrían caminos  hacia el mar.
Tu madre nos enseñó que en cada hueso
había un nido que recogía los aullidos de los perros más inocentes.
Y nos enseñó a escribir la depresión de aquellos niños que supieron reír
antes que sus padres,
antes que las amapolas abrieran el vientre de una guerra,
el vientre de una bomba que no estalló sobre las pestañas de nuestros hijos.
Ella creyó que la soledad del sol era la soledad de Roma.
El color blanco no brilla, me decía,
cuando me iba a casar contigo con coronas de una tumba abierta 
para los ojos de una araña.
La navaja no nos enseña  que la sangre sea un regalo o un río de bichos.
La caricia de tu mano no me enseña asumir que la historia haya cambiado. 
Ella ha visto parir a los cerdos en sus ojos de cristal,
cerdos de amatista, cerdos que hablaban de jaulas y cenizas,
cerdos que celebraban la unión entre luciérnagas y avispas,
muertas sobre mi pecho.
He visto metáforas que apuñalan y rezan.
He visto cómo el trigo se manchaba de rojo
cuando te besaba y mi lengua se cortaba con tus dientes,
y las mariposas sabían destripar las nubes de acero
para celebrar así el siglo XXI en sus brazos
mutilados por el aire.






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