domingo, 15 de febrero de 2015

Es otra manera de preguntar lo que ya sabemos

Acabamos de ver cómo la abeja macho
muere sintiendo un orgasmo de pétalos y leche.
Puede ser que acabamos de ver cómo dos cigarras
se sinceran bailando.
Puede ser que acabamos de ver cómo tu padre
lloraba en busca de una musa que enfermó de belleza.
Lloraba porque quería sentir que bajo  sus ojeras
había existido la nostalgia de llevar un jardín
que no era suyo.
Había visto cómo tu padre te estaba pidiendo
perdón porque te quemó sin querer tus muslos en el día 
que cumpliste 4 años de sinceridad contigo mismo.
Había visto cómo el cielo se cambiaba de estómago
para llorarnos su cabeza de espinos,
manchando nuestros oídos de insectos moribundos.
Había flagelado tu mirada cuando me quisiste decir
que la habitación era pequeña para que nuestros
dientes cumplieran sus propios deseos.
Mis piernas habían desabrochado las promesas
que no cumpliste cuando tu madre murió
por enamorarse de una lápida de nieve.
Mis piernas no te vieron llorar la sal 
que llevabas en tu corazón orinado por mi boca.
Mis piernas nunca sabían que la pornografía 
existía en la garganta del color azul. 
Dime con qué lágrimas vestirás mi pecho.
La geografía dejará de alimentar mis huesos en tus labios.
El frío dejará de sembrar orquídeas en tu entrepierna.
Sacrificarás tu nombre en la esquina de un verano 
que confesó matar hombres por poesía.
¿Has pensado follar todas las preguntas
que una vez quisiste ser?
Me habías mirado como si fuera un girasol temblando
por una guerra que no había visto pero la había imaginado
para ser sincera con tu garganta regada de sol y sombras,
de calles de Praga y ríos contaminados de paz.
Me habías mirado porque el erotismo no salvó a tus padres
de la realidad.
¿Entonces por qué hemos gritado?
¿Dónde estábamos cuando tus padres se avergonzaron
porque no sabían lo que era la historia y su castillo medieval de diamantes?
¿Es que tú y yo hemos imaginado que viviríamos
en crímenes de un amor que nunca había quemado
el vientre del cielo?
¿Es que tú y yo hemos imaginado que los orgasmos
de la tristeza iban a ser universales?
Hemos conocido más gargantas que han bebido de las alcantarillas,
que luciérnagas que se han suicidado para ser una colmena que ardería
entre mi clítoris y tu lengua.
Hemos conocido que la simetría más perfecta
no se encontraba en tus nalgas,
ni en las mías,
cuando follabas a tu mente en el suelo lleno
de soledad inédita.
¿Entonces por qué hemos gritado?






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