lunes, 5 de enero de 2015

¿Quién me salva del lenguaje?

Estoy desanimada.
Juego a no decir.
Juego a decirte palabras secas.
Juego a masturbar tu estómago,
a tener un albornoz de sangre.
El lenguaje no me quiere,
no me quiere porque no sé comer 
su gramática deformada
y sus cuatro corazones de leche
que lloran golpeando el sentimiento.
No sé si el corazón funciona entre tus piernas,
tus piernas que están mordidas por leyes no neoclásicas,
leyes de la naturaleza que lingüísticamente son leyes
en que los peces destripan a las personas
y viven en una mentira económica e idealista.
Conjugué mal el verbo enamorarse,
busqué en tu coxis mis amapolas que tanto he desnudado
sobre el papel.
Conjugué, de manera cruel, el verbo matar,
sí, porque te quise, y por analogía, quise a todos 
los que leían poemas como si fueran personas,
y las personas como si fueran monumentos trágicos de la Edad Clásica.
Me mordí el labio después  que el lenguaje me apareciera en sueños
como una niña que se limpiaba su cuerpo con agua hirviendo,
con agua que no era agua, sino lejía.
con agua que era jaulas en mi boca.
¿Quién me salva del lenguaje?
¿Quién me salva de mí misma?



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