sábado, 19 de diciembre de 2015

Esto no es un poema esto es mi masturbación mental de cada día

Pierdo el tiempo escupiendo mariposas que no van a ninguna parte.
Pierdo el tiempo mirando mis ojeras que tiemblan en la nieve.
Pierdo el tiempo mirando mi clítoris.
Pierdo el tiempo mirando mis ojos que no lloran purpurina.
Pierdo el tiempo diciéndome que no soy una mesa, que no maúllo como un gato.
Pierdo el tiempo diciéndome que mis rodillas son feas, que no son infantiles.
Pierdo el tiempo comiéndome las tripas de mis padres.
Pierdo el tiempo quitando las raspas de los peces monogramáticos. 
Pierdo el tiempo quemando mis intestinos gruesos.
Pierdo el tiempo ensuciando la cama con mis fluidos.
Pierdo el tiempo quemándome las manos con manchas de aceite.
Pierdo el tiempo masturbándome como lo hacía de pequeña.
Pierdo el tiempo contando los significados que tiene el silencio.
Pierdo el tiempo interpretando mis vértebras más limpias. 
Pierdo el tiempo contando las espinas que hay en mi pijama.
Pierdo el tiempo contando las estrellas que se suicidaron en tu boca.
Pierdo el tiempo observando cómo el lenguaje desaparece en la boca de un pez. 
Pierdo el tiempo vomitando los agujeros que tiene el lenguaje. 
Pierdo el tiempo vomitando en la puerta de un colegio.
Pierdo el tiempo queriendo ver cómo una pareja folla en la puerta de un colegio.
Pierdo el tiempo diciéndome que el amor es la interpretación de mi cuerpo enfermo que espera al tuyo.
Pierdo el tiempo oyendo cómo mis tripas tienen hambre.
Pierdo el tiempo clavándome púas en los ojos. 
Pierdo el tiempo diciendo que la enfermedad es un modo de expresar los agujeros del lenguaje. 
Pierdo el tiempo mirando una jaula que puede ser uno de los refugios del lenguaje.
Pierdo el tiempo cogiendo las flores más bonitas para que el silencio sea interpretado como una jaula que repite el sacrificio de mis dedos.
Pierdo el tiempo diciendo que el lenguaje golpea con puñetazos mi cráneo.
Pierdo el tiempo diciendo que el verdadero significado del poema está escondido en el vientre de un caballo.
Pierdo el tiempo diciendo que esto no es un poema que no es el vómito de cada día.
Pierdo el tiempo diciendo que me gustaría escribir el mejor poema encerrada en un cuarto de baño.
Pierdo el tiempo diciendo que los orgasmos son cumpulsiones fisiológicas.
Pierdo el tiempo violándome a mí misma.
Pierdo el tiempo diciendo que el orgasmo es otro modo de expresar los agujeros del lenguaje.

 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Fragmentos de un poemario en dos voces, que escribí y que al final decidí guardarlo

Yo: Llevaría en mi boda la piel cosida de cerezas.

Ella: El lobo te desollaría en una bañera.

Yo: Me rescataría mi futuro amante e intentaría que el lobo y él se enamoraran para que estén
en la misma página donde están mis huesos.

Ella: Los cuervos morirían para que nos vieran siempre jóvenes.

Yo: Soñaba que mi madre iba vestida como un soldado cristiano de la Reina Católica, luchaba para salvar a mi padre de su enfermedad de colon.

Ella: Sería una soldado que protegería las estrellas y el jardín de tu imaginación.

III

Ella: Pronto el sol sangrará debajo de un olmo por miedo a que lo devore una bestia.

Yo: Amaría a esa bestia con el pus borbotando de mis pechos.

Ella: Los lagartos se la comerán viva.

Yo: Los lagartos devorarán poco a poco a los violadores.

Ella: Escribiremos romances con un punzón hasta que se graben en sus coxis.

Yo: Y con ese punzón escribiremos oraciones sagradas para que sus almas se redimen en nuestros labios.

Ella: Nuestros labios serán fumigados.

Yo: Nuestros intestinos serán fumigados.

Ella: Los médicos se enamorarán de nuestros intestinos.

Yo: Cristo vendrá para sentirnos en una orgía clínica.

Ella: Vendrá a buscarnos para ver cómo se crucifica el terror en los países escandinavos.

Yo: Vendrá a recitarnos cicatrices vacías.

Ella: Vendrá a recitar los zapatos de los niños sacrificados.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Cuando la infancia todavía es un ramo de amapolas en mi cerebro

Me rompí la cabeza en el patio de un colegio
porque quería saber de qué color eran las amapolas en mi cerebro. 
Y fui idiota pensando que la herida se iba a curar  con un arañazo,
pero me equivoqué, fui cobarde antes de que naciera una estrella debajo de mi cama, 
me hicieron serlo aún más cuando algunos  me animaron a ser valiente,
ser valiente significaba cortarme las alas que llevaba dentro.
La luna dejó de vomitar los minutos en los ojos de un actor jubilado.
Las estrellas se quedaron encerradas en un cuarto de baño,
mientras  yo intentaba sujetarme el pelo para ver cómo mi cabeza
vomitaba los tallos de las amapolas. 
Cuando dudaba si todavía era una niña, empecé a quemarme el estómago.
Tenía muchas ganas de subirme a un tobogán porque pensaba que iba a irme directamente
al infierno  para que un centauro me raspara las rodillas, las llenara de sal
y me ayudara a gritar  hasta que todas las ventanas de una ciudad invertebrada estallaran. 
También tenía muchas ganas de ahorcarme con una soga trenzada con avispas. 
Pero las avispas que nacieron ancladas en mi vientre, envejecieron en un tarro de cristal 
Nadie quería a una niña que hablaba con las grietas de una casa árbol.
Nadie quería asustar a esa niña que comía abono porque no quería enamorarse.
Los pájaros temblaban cuando la niña cosía lirios en su cráneo.
Las hadas me quitaron la pistola con la que me iba a disparar tras ver un arcoirís.
Jugué demasiado a las canicas para luego ver cómo la luna vomitaba saliva 
a los hombres que cazaban mariposas en una sex-shop.
Jugué a ser bala y me di cuenta de que yo no era una mentira, 
me di cuenta de que solo podía coger mis piernas para morirme de amor en un espejo.   

domingo, 22 de noviembre de 2015

Siento un funeral de luciérnagas en mi cabeza

Sentí un funeral en mi cerebro...,  dice Emily 
Angélica Liddell


Los niños están viendo cómo sus padres follan en el cuarto de baño.
Los niños están viendo cómo sus cuerpos se ensucian con purpurina.
Los niños no comprenden por qué afuera no recogen los pájaros que cayeron de los árboles. 

Escribimos un testamento para que nuestros padres no lloren después que nos hayamos ido.
Los perros nos van a regalar flores de plástico para que nuestras clavículas pálidas de odio no tengan frío. 
Lo escribimos recordando que cuando cumplimos cinco años, teníamos ojeras, y muchas ganas de dominar el mundo,  de quemar las flores que había en la cocina, de rompernos las rodillas porque los columpios no nos ayudaban a tocar el cielo.  
Lo escribimos recordando que nos cortamos las pestañas porque no queríamos crecer.
Lo escribimos recordando que las libélulas nos vendaban los ojos porque no querían que viésemos como nuestros padres vomitaban en su décimo aniversario de casados.
Nuestros padres no sabían que habíamos crecido con un tiro en la cabeza.
Habíamos robado en una tienda de caramelos y ahí estaban osos de peluche apuntándonos. Ni sabían que habíamos ido al psicólogo porque estábamos enamorados de él, queríamos compartirlo en el cuarto de baño. 
Hemos manchado de tristeza las ventanas.
Hemos detonado muchas camas de matrimonio.
Nos hemos cosido las pestañas con cera de las velas que se encendieron en una noche romántica, en que los fuegos artificiales servían para que el sol se despertara antes de tiempo.
Las hadas nos habían dicho que nuestros órganos servían para resucitar a los actores pornográficos. 
Las hadas tampoco sabían que habíamos nacido con el cordón umbilical manchado de petróleo.
Ni sabían que nuestros padres habían salido en televisión para decir que se habían conocido en un peep show. 

Afuera los pájaros  siguen acribillados en el suelo.
Afuera las personas caminan con bolsas de plástico en sus cabezas.
Afuera los niños no saben que detrás de mis ojos hay un funeral de luciérnagas muertas porque hicieron el amor a oscuras.

   

jueves, 12 de noviembre de 2015

En proceso

La libélula que duerme en tu páncreas sabe tu nombre.

Olga Novo


Tenía ojeras y un montón de signos lingüísticos para componer una historia.  
Tenía una bufanda de ácido que ahora no me sirve para ahorcarme.
Soy fruto de una exageración que se puede masticar pero duele.


lunes, 2 de noviembre de 2015

El porno de las libélulas azules.

Lo que me preocupa no es tener ganas de vomitar todo el rato  sino la necesidad de escribirlo.

Angélica Liddell

Todo lo que no vomite aquí está en el poema-poemario que estoy escribriendo. 
Todo lo que vomité y vomitaré aquí no se encuentra en dicho poemario.  

domingo, 25 de octubre de 2015

Cuando el vientre no escribe sino la papilla sentimental recién salida de la boca

Nadie me ha enseñado a pisar collares ajenos 
y a adorar a los dioses con un corazón de hojalata. 
Nadie me ha enseñado a limpiar los dientes de una bestia 
que se había encerrado en tu cuarto de baño.
Pensaba que podría ser un sacrificio,
que la estabas encerrando 
para comértela 
como hiciste con los hijos marginados del sol.
Nadie me ha enseñado a pedir un último deseo 
ni a comer margaritas para que las historias de amor 
no se inyectaran en mis ojeras de adolescente. 
Todavía pienso en el momento en que metimos
nuestras cabezas en una lavadora  
porque queríamos olvidar qué eramos 
una pareja de recién casados.
Nadie me ha enseñado a contar las lágrimas
de un amor no correspondido
con las tablas de multiplicar.
Fui demasiado pequeña 
para distinguir las mariposas muertas en mis manos
de las mariposas que aplasté soñando que yo era de nieve
y que podría morir congelada en una nevera
sin nadie que me auxiliara.
Todavía pienso en el día en que me corté las pestañas
todavía pienso en el dia en que bebí fairy con tus ojos pegados a mi vientre.
Era demasiado pequeña para vomitar la fotosíntesis en mi cama
nadie me ha enseñado a decirte lo mucho que te odio
lo mucho que he odiado tu boca en la boca de María Magdalena
lo mucho  que tu sudor supiera a manzanilla
lo mucho de que el color de tus ojos fuera una soga para mis peces.
Si es que no nacimos juntos 
si es que nos mentimos declarando nuestros votos
en una ambulancia
y calentando después la cama de los políticos
la cama sucia de hierba
la cama húmeda de fluidos y promesas sin cumplir.
Nadie me ha enseñado a ser un final abierto en una tragedia.