domingo, 28 de diciembre de 2014

Dibujé en tus ojos mi estómago vacío.

Dibujé en tus ojos la felación de tu vientre con el mundo.
Dibujé en tus ojos la hoguera donde los insectos se suicidaban
para evitar una plaga en la historia de nuestros cuerpos
para evitar que en tu garganta ardiera la enfermedad de ser agua.
Dibujé en tus ojos los omóplatos de tu madre sucios de leche,
el alambre con el que quise trenzar tu soledad con el pico de una golondrina.
Quise llorar pero no pude, quise correrme pero no pude
porque tus ojos seguían vacíos. 
Dibujé en ellos cadáveres que seguían calientes en mi boca.
Dibujé en ellos la sangre que no duele, que no tiembla
en las patas de una avispa,
pero tus ojos acabaron en la basura,
acabaron en montañas de basura y droga.
Escribí en tus ojos que el lenguaje era la droga que necesitaba mi cuerpo.
Alguna vez lloré tanto que mis piernas nunca fueron de carne,
sino de huesos y palabras sinónimas de infancia, de hambre y heridas.
Nunca fui cruel contigo porque la crueldad no me hizo ser palabra,
no me hizo ser lágrima ni tampoco sentimiento, o me hizo serlo todo.
Nunca fui trágica contigo porque la tragedia no me hizo ser dios de mí misma.
Quise creer que te amaba porque tus ojos eran bolsas de enfermedad y sacrificio,
eran bolsas con niños que no sabían que el mundo era un latido de oro y sangre.
Tus ojos eran drogas para dios.
Dios quería drogarse con tus ojos cuando te corrías en frente de un espejo.
Dios quería drogarse con tu sangre porque fluías en mi corazón de tres cabezas.
Quería drogarse con la realidad que había en tu cuerpo,
con tus espermatozoides esclavos de arena y destrucción.
No quería la belleza.
No quería el lenguaje.
No quería porque si te hablaba, no podías enamorarte de él.
Tampoco quería tus pestañas.
No quería las moscas que picaron tu estómago,
ni el éxodo en  tu sangre,
ni la angustia, o la poesía en tu hígado.
No quería que la palabra te hiciera verbo en mi corazón.
No quería que la palabra te hiciera orgasmo en mi boca.
Y a pesar de que estaba enamorado de tus genitales hechos de ceniza, 
escribí en tus ojos que eras el perdón que tanto tiempo  buscaba,
pero no pude llorar ni correrme
porque tus ojos seguían vacíos. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

Vientre de tres corazones

¿Qué pasa si pienso en la muerte en mi vagina y en mi corazón?
¿Qué pasa si el corazón tiene las dos piernas amputadas?
¿Qué pasa si mi corazón sólo conoce la palabra 'duda'?
¿Qué pasa si mi corazón sólo sabe vomitar?
Sólo quiero que mis manos destrecen el miedo o el hambre.
Sólo quiero sangrar como Europa.
Tengo mis ojos anoréxicos de verdad.
Anoréxicos de promesas que rompieron el pájaro en amapolas y en gusanos.
Sólo quiero que la palabra me haga tripas de un árbol muerto.
¿Por qué tengo que creer que la destrucción no me salvará?
La destrucción me plagia.
La droga me plagia con mi boca destrozada por el miedo.
Mis heridas plagian tus larvas, devorando las cejas de tus padres.
Tus padres serán ángeles en mi estómago.
Mi vientre sentirá la tristeza de tener tres corazones.
Mi sangre será una pregunta para mis hijos.
Mis hijos no sabrán que la noche se desnucaba
para que la historia fuera en sus ojos una herida sentimental.
¿Cómo matar la historia de sus entrañas narrativas?
¿Cómo sacar el pus de la historia de sus pequeñas bocas
limpias de vómito y sábanas de hospital?
¿Quién me ha hecho traducir el exterminio a sus ojos?
¿Quién me ha hecho crecer con las manos que gritan un crimen?
La noche me mintió.
Se desnucaba para que las amapolas fueran soldados
que me dispararían en la frente.
Mi corazón vomitó a mis hijos.
Mi vientre vomitó el corazón de una ciudad estéril de cadáveres.
Vomitó la "vaca amarilla" de Dámaso Alonso.
¿Qué pasa si la tragedia es la pregunta que nunca quise responder?
¿Qué pasa si el hambre nunca existió?
Tuve que coger mis intestinos.
Tuve que coger la gripe y llevarla con otro nombre.
Dios me trenzó las venas para que mi boca no sonara a milagro.
Me las trenzó para que no fuera promesa.
Me las trenzó para que soñara con la espalda encendida de jaulas.
Mis hijos fueron cadáveres que encendían por su paso al mundo
la duda de ser respuestas.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Vomitar el silencio

Vomitar el arte no era lo mío.
Vomitarme y desaparecer tampoco.
Creía que existía el corazón blando de mi bondad
dentro de mi estómago, pero no fue así.
La guerra estaba dentro.
La guerra me vomitaba las noches
aquellas noches que cultivaban la historia del amor en fosas de historia medieval.
El arte me vomitaba la suciedad que había en mis ojos.
Pensaba que en mi interior había un árbol trenzado de volcanes,
pero no fue así.
Vomitar la palabra era un cuchillo en mi vagina.
Vomitar la vena era una hoguera de hormigas en mi cerebro.
Vomitar mis trenzas de infancia no era lo mío,
no sabía ser niña en tiempos de la crueldad bajo el fuego
no sabía ser instinto en tiempos de puro silencio.
Las montañas me escupían en los ojos la salud de los pájaros tristes.
Las montañas me escupían el pus de los hombres verídicos,
por eso no podía tener piernas de niña,
por eso no podía sentir la comedia en mis piernas.
Me asfixiaba ser la idea de un continente reprimido de ideas.
Mi padre no me castigó cuando perdoné al mundo.
Mi padre no me castigó cuando la tragedia se coaguló en mis dientes.
Mi padre se autocastigó porque no sabía sufrir en el nombre de la noche.
Se autocastigó porque no sabía vomitar el arte.
El arte era demasiado para mi cuerpo de libélula.
Las luciérnagas huyeron porque no podían soportar el incendio en mi garganta.
Las luciérnagas se suicidaron en el nombre del arte.
Se suicidaron porque el arte no nos hacía inmortales.
Tú sabías vomitar la muerte con los brazos abiertos
a una ciudad de cadáveres morados de leche.
No sabías vomitar la muerte del signo,
tu cuerpo se me manifestaba bajo los signos lingüísticos.
Era una imitación de lo que reproducían mi corazón y mi vagina.
Era una hoguera de dudas en mis ojos.
Te mordía la lengua
para que la sangre no se escapara de tu corazón.
Podría haber mordido tus ojos
haberlos lamidos
pero la eternidad tampoco existe en la imaginación de mis huesos.
El gusano roe la cara triste de un bebé.
La inocencia me escupe caballos deformados que sólo se alimentan de mis intestinos.
Esos caballos  hacen de mi lengua
una casa en que tú te haces el muerto o el fantasma
de una revolución  que mi cabeza no quiere controlar.
El arte no nos salva ni tampoco la paz que hay en nuestro interior.
El gusano roe mi cuerpo en la cabeza que hay en el espejo.
El arte me deja ser real cuando matas en tu corazón que late en tus genitales de sombra.
La sombra me deja ser actriz de mis vómitos,
pero no sé vomitar la palabra,
por lo tanto no soy sombra ni soy actriz,
ni soy perra que lame las lágrimas de los inocentes.
Me creyeron muerta.
Y muerta estaré para los gusanos que se creen vivos bajo tierra.
Me creyeron limpia de símbolos crecientes bajo la luna.
Ahora me creen limpia como una lágrima que se extiende en busca de su nada.
Me creen limpia pero le digo a mi padre:
Papá, no sé vomitar.
Papá, no sé vomitar mi vientre enamorado de la realidad.
Papá, déjame matar en silencio.
Papá, no dejes que sea silencio.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Un himno de nuestros cuerpos

Cantaste un himno que hablaba de la caída de nuestros cuerpos
en un vertedero de torres de marfil.
Cantaste un himno para mis venas quemadas de insomnio.
Cantaste un himno sobre los árboles que nacían de tu vientre.
El corazón me palpitaba y no sabía si comer mi garganta antes
que el propio latido de la excitación.
Después del canto, te intentaste quemar en la bañera
con el agua de diamantes.
Cogiste una estampa de un santo
y te preguntabas si eras como él con el corazón construido de mierda.
Después me mirabas y me decías que mis ojos eran de harina.
Me decías que mis labios estaban limados por una lija verde
pero que mi corazón igual que el tuyo eran plátanos podridos
para aquellos gatos que tenían hambre sobre sí mismos.
Me decías que soñabas que en mi vagina había un cuento de hadas
en que ellas se suicidaban en un huracán de ortigas.
Me decías que soñabas con la virgen que te ahogaba en esta bañera.
Me decías que  la virgen  tenía un pecho carcomido de hormigas.
Me decías que la virgen taladraba tu cuerpo y purificaba la sangre con alcohol de romero.
Me decías que te purificaba la sangre con tu esperma azul cristalizado.
Y que tu esperma se traficaba entre los doce apóstoles.
Me decías que  tenía el vientre abultado de poemas.
Me decías que cosía el espejo a su estómago con sus lágrimas de cirios. 
En ese sueño yo te besaba como la tristeza
y me susurrabas a mis ojos que nuestro amor era una paradoja casi sobrenatural.
Después de contarme el sueño en la bañera,
te pusiste a cantar la sangre que tenía en las manos.
Ardía y yo no te ayudaba a salvarte.
En vez de salvarte me ponía a violarme en un ataque de histeria.
Me violé hasta que mis lágrimas no tenían ni significado ni significante
ni podían caer en la huida de mi cuerpo con la realidad.
La sangre ardía en mi vientre cicatrizado.
La sangre ardía en mis ojos y en mi boca como un símbolo perdido.
Nada dolía en esta garganta anestesiada por las siete mariposas de la vida.
Nada dolía en este poema abultado de estómagos.
Cantaste un himno sobre golondrinas que se hablaban entre ellas para comunicarse con la soledad.
Cantaste un himno poético sobre la muerte de la historia.
Cantaste un himno sobre esa virgen que te castró mentalmente.
Me cantaste un himno sobre mi muerte.
Me cantaste un himno sobre mis lágrimas de lejía.
Me cantaste un himno sobre el fuego con el que alimento a los gusanos
sobre los ojos de mi madre esperpénticos de realidad española
sobre el deseo de no ser
sobre el ser del deseo
sobre el deseo de no querer ser siendo la vida dentro de una amapola
sobre la poesía que libera  el impulso sexual
sobre la eyaculación que se derrama  sobre el poema
sobre la locura en las calles ardientes de cicatrices
sobre la voz del poeta
sobre la garganta que se descose en mis labios
sobre la garganta que no me perdona ser humana
sobre mi estómago que se araña a sí mismo
sobre la sangre que cantan tus manos sobre mi pecho
sobre la sangre que no respiro
sobre la sangre que no perdonamos
sobre el poema que eyaculamos de noche y de día
sobre el cigoto de la metaliteratura
sobre la metalingüística de nuestro silencio.
Cantaste un himno sobre tus manos vacías de oxígeno,
con el cual no nos pudimos perdonar la vida.