jueves, 27 de noviembre de 2014

Me comen muerta

Los ojos me comen.
Los gatos me comen.
Los hombres me comen invertebrada.
Mi corazón pertenece a una generación invertebrada.
Mi corazón crece como un árbol limpio de inyecciones.
Mi corazón no es una ciudad hipocondríaca,
por eso los hombres me comen incinerados de nieve.
Los peces me comen con la dulzura de una matanza.
Los peces me comen para saber dónde está mi vagina.
Los peces no quieren mi corazón.
Los hombres no quieren mi garganta de libélula.
Ellos no buscan multiplicarse en la literatura.
Ellos no quieren buscar la herida en mi pecho de sirena.
Ellos sueñan con ser inmigrantes de la enfermedad.
Los gatos me trenzan la locura.
Los gatos me trenzan la melancolía como un don de la existencia primitiva.
Ellos me limpian la garganta con raspas de un continente tirado a la basura.
Ellos me alejan de la etimología de mi madre.
Ellos me ensucian con símbolos forenses.
Ellos me dejan crecer con la muerte obesa de pájaros.
Los pájaros saben ser símbolos.
Los símbolos no saben que son pájaros.
Los pájaros me comen muerta.
Ellos me comen lentamente al lado de infanticidas de un poema.
Ellos me comen sana en un colchón de clavos, romero y nenúfares de sangre amarilla.
Me comen reconociendo que en mi cuerpo existió el mar antes que la palabra.
Me comen cuando ya la luna no reconoce a la niña que mató a su madre
cuando la amnesia es una polilla enterrada en mi ojo miope
cuando la amnesia es una jaula de ojos que no arden.
Las polillas me comen
y no saben ser artistas de la muerte.
Las polillas comen mi sexo para que mis hijos sean soldados del verbo.
Las polillas comen mi cuerpo como si fuera una catedral de golondrinas desnucadas.
No me quieren las polillas después de que mis ojos se descolgaran de mi sexo.
Quiero que la sinestesia me ahogue.
Quiero que me ahogue hasta matar mis hijos de agua.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La falsa inocencia de nuestros estómagos

Nuestros estómagos son         anillos de carne o de yodo
nuestros estómagos son continentes podridos de luz

el vacío de esta habitación es un estómago que piensa en  nuestros cuerpos
piensa que son árboles
u ojos en una garganta cerrada de carne

y es que no queremos ser bellos ni pálidos ni mutilados sobre este colchón azul

se oye el viento ladrar en nuestras tráqueas tímidas de amapolas
porque nos quieren enterrar en ataúdes de nitrógeno y fuego

los insectos huyen hacia sus cuerpos de diamante para no sentir la realidad
la realidad es una colmena de estómagos
de malas arterias que se cosen solas
de malas arterias que transportan larvas de un árbol caído

y es que  queremos ser niños que vomitan aceite ardiendo a los padres de la hipocresía

y es que queremos ser niños que vomitan ramos de orquídeas blancas a nuestros padres del silencio

no queremos ser niños crucificados en la retórica o en la política rancia de nuestros hermanos rotos de libertad

la inocencia nos mata
la inocencia de nuestros ojos-bisturí araña y extirpa el corazón de la pobreza
la inocencia de nuestra gramática está perdida en un bosque de huesos relamidos por la histeria de ser siempre los mismos que llegan tarde a la muerte
la inocencia nos asfixia con collares de lejía
la inocencia nos entristece porque no somos jaulas de vidrio
la inocencia de nuestros estómagos nos duele
nos duele mucho porque la muerte se raspa para no tocarnos
la inocencia  no es un hueso ni es una bomba de sangre
la inocencia no es inocencia en una tumba de flores

nuestros estómagos nunca fueron inocentes
nuestros estómagos no se quemaron 
nuestros estómagos no se quemaron
porque no podían destruir una ciudad en un vaso de tristeza
nuestros estómagos son trágicos en la danza de la nostalgia
nuestros estómagos son poemas que no sostiene la noche
nuestros estómagos bailan y se marchitan en lágrimas de cloro

no queremos ser niños en una ciudad de odio
no queremos llevar nuestros estómagos a una ciudad de guerra
no queremos llevar banderas de colores que son contenedores de basura orgánica

el hombre no nació siendo respuesta
como tampoco el animal  nació siendo un mar en cenizas

Llevamos párpados amargos
libros que queman las pestañas de la noche
queman para no tener más hambre
la sangre no puede renacer más entre las cenizas
llueve el humano descompuesto
el jabalí muerde la rosa inyectada de enfermedad
la enfermedad se llena de amapolas azules
y la enfermedad se vacía de sí misma
para ser locura y después generación.
En los ojos de mi vagina que mordiste
la guerra perdió su estómago de leche
y tres mil años de oscuridad absoluta. 

Nuestros gatos arañan nuestros estómagos
porque  para explicar la crueldad ya no sirve
la teoría de la inocencia de los estómagos
aplicada a los niños que crecieron sabiendo
que eran  preguntas cuyas respuestas
apuñalaron la ilusión por un mundo nuevo.



viernes, 14 de noviembre de 2014

Follarnos la realidad es el arte de deconstruir nuestra tragedia

Prostituí tanto mis huesos que los pájaros se suicidaron para deconstruir mis vísceras.
Prostituí tanto mis manos que los pájaros se atragantaron comiendo los alambres de la vida.
Quemé tu cama con gasolina, y el dinero que guardabas para pagar tu viaje hacia la muerte.
Había preguntado a tu madre  cómo debía matarte.
Había preguntado a tu madre pura de gramática cómo debía colgar tus intestinos a mi cuello.
Había preguntado a tu madre por qué fuiste el espíritu cruel de mis pulmones y mi corazón.
El león te conocía bien, te perseguía hasta el mar, te lamía la espalda cuando no podías
derramar lágrimas de oxígeno. 
Nunca te valoraste como el antihéroe de una isla de cicatrices.
El león dormía contigo porque no sabías dormir con los ojos cerrados.
El león  dormía contigo porque tus ojos querían encontrar la costura de incienso,
que descosió tu madre para que volvieras a vivir. 
Cuando tú y yo ardimos en un bosque de lunas que se masturbaban en un vaso,
nunca pensamos en reinterpretar el odio que estaba dormido sobre nuestras clavículas.
Ese odio que me hizo amarte en anillos de ceniza es el mismo odio que te provocó vender tu realidad a la realidad.  
Te excitaba cuando intentaba abrirte los ojos con la lengua.
Y ardías cuando dibujaba en tu boca la dialectología de nuestros órganos.
Y ardías cuando fumabas el dinero que te regaló tu padre que quiso ser un dios de un mar con cristales y sueños.
Y ardías cuando tu excitación se transformó en una náusea de nieve.
Pero llegué a un momento en que quise rociarte el semen de los dioses muertos a tu cara para que dejases de llorar porque íbamos a morir sin haber visto la basílica de la cruel belleza.
Pero llegué a un momento en que quise enterrarte junto a mi gata porque yo te quería como un animal con alma y un dios sin todo. 
Cuando quemé tu cama, recordé que sobre ese colchón éramos ideas del sol. 
Cuando quemé tu cama, recordé que éramos poetas de la penitencia que follábamos en un país esquelético de sangre.
Ahora estoy aquí desnuda, queriendo follarte, con las estrellas que destriparán los intestinos de los políticos de barro.
Y ahora estoy aquí desnuda, pensando que cuando estemos muertos, traduciremos a los poetas tristes como los leones que ladrarán costuras de incienso. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Gargantas desnudas en una bañera

Las moscas  nos venden el fuego de un dios monosilábico que todavía no ha nacido. 
Las moscas nos besan para contaminar el aire de incestos.
Las moscas nos prometieron la libertad antes que el mundo fuera destruido
por uno de nosotros.
Las moscas no saben que fuimos cortados por el mismo cuchillo de cocina
que perdió nuestra madre cuando se fue por un bosque de costuras sucias. 
Nos abandonó en una bañera para que fuéramos los padres del vacío.
Tuvimos tanto miedo de nuestros ojos que nos arañamos la cara con las uñas postizas de nuestra madre.
Tuvimos tanto miedo del espejo que esparcimos nuestros glóbulos al agua.
Tuvimos tanto miedo de reconocer la verdad que hicimos que los poemas fuesen
bisturís con cada uno de nuestros órganos blandos. 
Nadie nos quería cuando intentamos alimentarnos de los árboles menos podridos del otoño
cuando intentamos dibujar la sombra de una cigarra hambrienta de ojos y de estrellas.
A mí no me quería porque el verbo me rasuró tanto que la herida fue mi cuerpo. 
A ti no te quería porque apuñalaste el árbol de carne más disecado de su vida. 
¿Por qué se fue? Y dónde está ese bosque que nunca quiso dibujarnos en nuestros omoplatos?
Puede que a ti la imaginación te da miedo porque allí eres cruel conmigo
porque allí puedes matar a la madre sin rostro.
Puede que a mí la muerte no me inspire asco.
O puede que tus vísceras me den asco sobre mis ojos. 
Miedo o asco. Nuestra madre nos enseñó que las palabras pueden ser asquerosas o pueden darnos miedo. 
Nuestra madre se enamoró de su hermano, pero también se enamoró de un árbol enfermo de ojos amarillos. A su hermano nunca lo hemos conocido aquí,
solo en nuestra mente separada de las losas inyectadas de blanco, 
que están calientes porque dibujó antes de irse un sol con  un cuerpo de niña mutilada.
Hemos visto cómo se caían nuestras pestañas sin decir algo que valiese la pena llorar o morir. 
Hemos visto que los bichos que nacían de nuestros ojos se comunicaban más con el silencio que con nosotros.
Y a pesar de ello, quiero lamer tus ojos para saber si estoy naciendo de nuevo,
para saber si tengo jaulas de cenizas para alguna vez andar caminos de guerra .
Y es que nuestra madre puede que se fuera para buscar a su amante  y así saber lo que es la vida en un vientre de cuellos y metáforas merecidas por el significado de existencia literaria.




jueves, 6 de noviembre de 2014

En mi vagina guardo las banderas que quemó el amor


En mi vagina guardo las banderas que quemó el amor.
En mi vagina guardo el poema nocturno que ardió en los ojos del tigre.
En mi vagina llevo una niña que se suicidó en un rosal,
llevo una niña que cogió una escopeta y disparó a las princesas del viento.
El árbol gris quiere morder la vena más dulce de los peces de agua dulce.
El árbol gris quiere violarme para escuchar el latido de un gorrión.
Y es que mis lágrimas caen en una antología de horizontes masturbados
por la boca de un colibrí de cemento.
Y es que mi vientre sólo sabe llorar continentes de sangre.
Y es que mis manos sabían apagar el fuego antes que la sed.
Y es que las amapolas conocían el mundo mejor que yo. 
Y es que  sabías escribirte romances trágicos en tu garganta de sirena.
Pero no sabías ser un instrumento de una idea romántica
ni sabías  morder mis pechos de cristal 
ni arrancar mi pubis de las alas de una cigarra.
Por eso los pájaros se masturban hasta que dibujan
coronas para aquellos que solo ven muertos en las estrellas.
Por eso ensucio mis pulmones de verde
por eso dibujo también coronas de luz para aquellos que solo ven playas
de niñas ahogadas en mi boca.
Por eso te vomito montañas de lejía sobre tus piernas. 
Porque nunca supe ser la hija de un padre de tres ojos.
Pero sí supe ser la hija del espejo
y  la hija de mí misma.




sábado, 1 de noviembre de 2014

La tragedia en los ojos del padre

Los perros no se suicidan en montañas de ácido blanco.
Tu padre ve cómo vomitas 
sobre mis pechos el té con leche.
Hemos horneado nuestras chaquetas de sangre
porque la muerte no se acercaba a lamernos la cara.
Tu padre ve cómo la muerte tiene miedo de nosotros. 
Tu padre ve cómo los pájaros se precipitan
a coger un cuchillo porque quiere apuñalarnos
a todos ya que no supimos salvar el mundo 
con los ojos cerrados quemándose en el silencio.
Los perros no se suicidan en montañas de ácido blanco.
Los perros duermen en un palacio de llagas gordas
parecidas a las llagas que un día lamió tu madre
para curarse de una intoxicación sexual sagrada.
Tu padre ve cómo los pájaros se desnucan
hasta que caen en su cama de poesía clásica.
Tu padre  quiere arrancarte tus sesos de amante profundo
y enterrarlos en una maceta, y ver cómo florece
un cerezo con flores verdes contaminadas de moscas
y ver cómo los ahorcados vuelven volando
 como los hijos del verbo.
Tu padre ve cómo nos abrazamos después
que tú me hayas vomitado
después que tú me hayas besado con el labio contusionado
con las lágrimas de aquel niño que tenía miedo de ser un diamante 
y un pétalo de amoniaco en las manos de su madre.
No queríamos que la guerra calentara nuestros huesos de cristal.
No queríamos ser los soldados de un amor lacrimoso.
Queríamos ser ambiciosos subidos a un cadalso.
Tu padre se aleja, y no sabe cómo nos debe mirar a partir de ahora.
Tu madre está soñando que su marido está muerto
en una cama de nieve y flores de manzanilla.
Tu padre ha tenido miedo al ver que estábamos dormidos y desnudos
sin el temor de que un psicópata podría entrar en la habitación
y apuñalarnos en ese momento.