viernes, 12 de diciembre de 2014

Vomitar el silencio

Vomitar el arte no era lo mío.
Vomitarme y desaparecer tampoco.
Creía que existía el corazón blando de mi bondad
dentro de mi estómago, pero no fue así.
La guerra estaba dentro.
La guerra me vomitaba las noches
aquellas noches que cultivaban la historia del amor en fosas de historia medieval.
El arte me vomitaba la suciedad que había en mis ojos.
Pensaba que en mi interior había un árbol trenzado de volcanes,
pero no fue así.
Vomitar la palabra era un cuchillo en mi vagina.
Vomitar la vena era una hoguera de hormigas en mi cerebro.
Vomitar mis trenzas de infancia no era lo mío,
no sabía ser niña en tiempos de la crueldad bajo el fuego
no sabía ser instinto en tiempos de puro silencio.
Las montañas me escupían en los ojos la salud de los pájaros tristes.
Las montañas me escupían el pus de los hombres verídicos,
por eso no podía tener piernas de niña,
por eso no podía sentir la comedia en mis piernas.
Me asfixiaba ser la idea de un continente reprimido de ideas.
Mi padre no me castigó cuando perdoné al mundo.
Mi padre no me castigó cuando la tragedia se coaguló en mis dientes.
Mi padre se autocastigó porque no sabía sufrir en el nombre de la noche.
Se autocastigó porque no sabía vomitar el arte.
El arte era demasiado para mi cuerpo de libélula.
Las luciérnagas huyeron porque no podían soportar el incendio en mi garganta.
Las luciérnagas se suicidaron en el nombre del arte.
Se suicidaron porque el arte no nos hacía inmortales.
Tú sabías vomitar la muerte con los brazos abiertos
a una ciudad de cadáveres morados de leche.
No sabías vomitar la muerte del signo,
tu cuerpo se me manifestaba bajo los signos lingüísticos.
Era una imitación de lo que reproducían mi corazón y mi vagina.
Era una hoguera de dudas en mis ojos.
Te mordía la lengua
para que la sangre no se escapara de tu corazón.
Podría haber mordido tus ojos
haberlos lamidos
pero la eternidad tampoco existe en la imaginación de mis huesos.
El gusano roe la cara triste de un bebé.
La inocencia me escupe caballos deformados que sólo se alimentan de mis intestinos.
Esos caballos  hacen de mi lengua
una casa en que tú te haces el muerto o el fantasma
de una revolución  que mi cabeza no quiere controlar.
El arte no nos salva ni tampoco la paz que hay en nuestro interior.
El gusano roe mi cuerpo en la cabeza que hay en el espejo.
El arte me deja ser real cuando matas en tu corazón que late en tus genitales de sombra.
La sombra me deja ser actriz de mis vómitos,
pero no sé vomitar la palabra,
por lo tanto no soy sombra ni soy actriz,
ni soy perra que lame las lágrimas de los inocentes.
Me creyeron muerta.
Y muerta estaré para los gusanos que se creen vivos bajo tierra.
Me creyeron limpia de símbolos crecientes bajo la luna.
Ahora me creen limpia como una lágrima que se extiende en busca de su nada.
Me creen limpia pero le digo a mi padre:
Papá, no sé vomitar.
Papá, no sé vomitar mi vientre enamorado de la realidad.
Papá, déjame matar en silencio.
Papá, no dejes que sea silencio.




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