sábado, 1 de noviembre de 2014

La tragedia en los ojos del padre

Los perros no se suicidan en montañas de ácido blanco.
Tu padre ve cómo vomitas 
sobre mis pechos el té con leche.
Hemos horneado nuestras chaquetas de sangre
porque la muerte no se acercaba a lamernos la cara.
Tu padre ve cómo la muerte tiene miedo de nosotros. 
Tu padre ve cómo los pájaros se precipitan
a coger un cuchillo porque quiere apuñalarnos
a todos ya que no supimos salvar el mundo 
con los ojos cerrados quemándose en el silencio.
Los perros no se suicidan en montañas de ácido blanco.
Los perros duermen en un palacio de llagas gordas
parecidas a las llagas que un día lamió tu madre
para curarse de una intoxicación sexual sagrada.
Tu padre ve cómo los pájaros se desnucan
hasta que caen en su cama de poesía clásica.
Tu padre  quiere arrancarte tus sesos de amante profundo
y enterrarlos en una maceta, y ver cómo florece
un cerezo con flores verdes contaminadas de moscas
y ver cómo los ahorcados vuelven volando
 como los hijos del verbo.
Tu padre ve cómo nos abrazamos después
que tú me hayas vomitado
después que tú me hayas besado con el labio contusionado
con las lágrimas de aquel niño que tenía miedo de ser un diamante 
y un pétalo de amoniaco en las manos de su madre.
No queríamos que la guerra calentara nuestros huesos de cristal.
No queríamos ser los soldados de un amor lacrimoso.
Queríamos ser ambiciosos subidos a un cadalso.
Tu padre se aleja, y no sabe cómo nos debe mirar a partir de ahora.
Tu madre está soñando que su marido está muerto
en una cama de nieve y flores de manzanilla.
Tu padre ha tenido miedo al ver que estábamos dormidos y desnudos
sin el temor de que un psicópata podría entrar en la habitación
y apuñalarnos en ese momento.

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