domingo, 5 de octubre de 2014

Ofelia, y su teoría del estómago muerto

Ofelia se come la trenza del lenguaje ambiguo
muerte vanguardista
de tulipanes traducidos por la ceguera de dios.
Ofelia come mi trenza para dársela como papilla
a los gatos más hambrientos de las calles grises del fuego.
El río se contamina.
El bosque traduce la crueldad del estómago.
El bosque me traduce las drogas en los ojos de los peces.
Ofelia come el vello que abunda en el corazón de las bestias microscópicas. 
Ofelia come el cráneo de mis hijos.
Ya dejaron de producir la anestesia verde.
Ya dejaron de producir pinzas para detener el hambre.
Ofelia reescribe la teoría del estómago muerto.
Ofelia se hace un collar con los dientes de Rimbaud.
Los peces me reescriben en la lengua de los ángeles psicoanalistas
el verbo que se suicida de manera pornográfica en mis labios.
Ofelia  come mis uñas que descifran la herida de un orgasmo.  
Ofelia  come la barba de "lingüística moderna", e inviable de los banqueros.
Las leyes cortejan a los gusanos medievales de mi cuerpo.
Ofelia y yo hablamos de cerdos que nos contaban relatos sobre ciudades
supervivientes a la economía carnívora.
Hablamos de que la sudor tiene un color quirófano.
Hablamos de que en su cabello se esconde
el léxico de una relación sexual frustrada.
Hablamos de que en mi cabello se esconde
la tristeza de un atardecer nublado con mis pies tocando
la sábana y la soledad de un amor no correspondido.
Hablamos de que  una vez los trovadores vinieron con armas blancas
para recitar a la noche masturbada por el oeste.
Hablamos de que una vez los trovadores llevaron
liebres desangradas para nosotras.
Hablamos de que una vez  los trovadores llevaron
la orgía de los árboles vestidos de blanco.
Hablamos de la enfermedad de los árboles.
Hablamos de la posible muerte de los trovadores por
un beso de una bomba nuclear.
Ofelia come mis cejas y mis pestañas
para olvidar que existe.
Ofelia come amando los siete estados de su corazón
y los siete estados de mi infancia sexualmente
manifestada.





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