martes, 2 de septiembre de 2014

Sueño leproso (VI)


El sueño devora el ojo pegado al vientre del león.
No es el león lila, sino otro que ruge
los hierros de nuestro sistema circulatorio
que ruge rosas de litio a los niños del sistema solar.
No puedes detener las cataratas de sangre que echa la herida universal.
El silencio no te deja ser la bestia que lamió el clítoris de la muerte
que lamió mi clítoris cuando la luna se quitaba sus escamas
en nuestros ojos.
El silencio del león te deja creer en la sirena de diamantes
en los borrachos que almuerzan
la ciudad funeraria de los poetas del verbo.
El león come tus cuernos azules y tu cabello trenzado por las tres damas.
Las estrellas de la enfermedad roja se queman en tu rostro
y lloro por sentirla en lo no absoluto de mis palabras
por sentirla en la médula de la ceniza blanca.
No cambia la velocidad de la luz rota
ni la yema ya batida en tus ojos.
Se ríe por tu rostro de mantequilla pálido
de ver entre los dientes de algunos perros pájaros de cristal.
Lloro miel amarga por verle así
porque le deseo con mi corazón apuñalado con el vidrio de una iglesia gótica.
Veo en tus ojos la metaliteratura de la crueldad.
El león come el corazón de Judas sobre tus genitales.
Me besas mientras el león se ríe de sí mismo.
El profeta americano beberá la sangre de María en tu cuerpo de cordero.
Y el poeta del nosotros-universales masturbará nuestros órganos
psicodélicos y sexuales de la metapureza
y estaremos desnudos y cansados de traducir la tristeza.
Y posiblemente llore algún niño solar
algún hombre jardín por ver al león desenterrarse de sí mismo
con las pulgas mordiendo la carne opiácea del invierno.

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