domingo, 2 de marzo de 2014

Amantes en un congelador


Nos habían metido a ambos en un congelador
con el cable pelado, como venas exteriorizadas
para alimentar a las crías del vacío. 

Nos enredaron con otros cables de sangre
                          a nuestras piernas fermentadas por el frío,
nos cambiaron de vértebras,
de fosas nasales,

no se congeló tu líquido espeso blanco,
hirvió hasta reventar tu memoria en mi pecho.

Estuvimos así hasta que el diluvio
había alcanzado            
                         el atlas "glacial" pegado
con silicona al norte
                                 de nuestros estómagos

despellejados

Nacieron serpientes en huevos rotos,
agarradas a las cuerdas vocales de la tierra
que quedaba
                    en esta cámara de mármol. 

Nos enredaron más hasta ver el universo
sacando de sus huesos,
                   cuchillos, platos y ropa
usada de la familia que nos tocó construir
con las manos de grasa.

Supimos la asfixia de la mortalidad
encajada y empujada,

             el sabor de lo humano,
el aliento de vernos como hermanos
y amantes en una incubadora,
en una placenta fuera
de semiótica, de esquizofrenia
y pureza.


Nos hicimos laberintos 
sin que el futuro le importara tampoco
la mirada que acababa de ser un bosque
                   que no tenía un cielo
por donde agarrarse.

Nos dieron de comer,
pero el alimento se hizo diente,

se hizo enfermedad de agua helada
y ahora enfermedad de comunión
y en ella fuimos  espejos
                          y seremos espejos
de un mismo animal
   y de un mismo equilátero 
en las piernas esquiladas
                                        del silencio.

  











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