domingo, 28 de diciembre de 2014

Dibujé en tus ojos mi estómago vacío.

Dibujé en tus ojos la felación de tu vientre con el mundo.
Dibujé en tus ojos la hoguera donde los insectos se suicidaban
para evitar una plaga en la historia de nuestros cuerpos
para evitar que en tu garganta ardiera la enfermedad de ser agua.
Dibujé en tus ojos los omóplatos de tu madre sucios de leche,
el alambre con el que quise trenzar tu soledad con el pico de una golondrina.
Quise llorar pero no pude, quise correrme pero no pude
porque tus ojos seguían vacíos. 
Dibujé en ellos cadáveres que seguían calientes en mi boca.
Dibujé en ellos la sangre que no duele, que no tiembla
en las patas de una avispa,
pero tus ojos acabaron en la basura,
acabaron en montañas de basura y droga.
Escribí en tus ojos que el lenguaje era la droga que necesitaba mi cuerpo.
Alguna vez lloré tanto que mis piernas nunca fueron de carne,
sino de huesos y palabras sinónimas de infancia, de hambre y heridas.
Nunca fui cruel contigo porque la crueldad no me hizo ser palabra,
no me hizo ser lágrima ni tampoco sentimiento, o me hizo serlo todo.
Nunca fui trágica contigo porque la tragedia no me hizo ser dios de mí misma.
Quise creer que te amaba porque tus ojos eran bolsas de enfermedad y sacrificio,
eran bolsas con niños que no sabían que el mundo era un latido de oro y sangre.
Tus ojos eran drogas para dios.
Dios quería drogarse con tus ojos cuando te corrías en frente de un espejo.
Dios quería drogarse con tu sangre porque fluías en mi corazón de tres cabezas.
Quería drogarse con la realidad que había en tu cuerpo,
con tus espermatozoides esclavos de arena y destrucción.
No quería la belleza.
No quería el lenguaje.
No quería porque si te hablaba, no podías enamorarte de él.
Tampoco quería tus pestañas.
No quería las moscas que picaron tu estómago,
ni el éxodo en  tu sangre,
ni la angustia, o la poesía en tu hígado.
No quería que la palabra te hiciera verbo en mi corazón.
No quería que la palabra te hiciera orgasmo en mi boca.
Y a pesar de que estaba enamorado de tus genitales hechos de ceniza, 
escribí en tus ojos que eras el perdón que tanto tiempo  buscaba,
pero no pude llorar ni correrme
porque tus ojos seguían vacíos. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

Vientre de tres corazones

¿Qué pasa si pienso en la muerte en mi vagina y en mi corazón?
¿Qué pasa si el corazón tiene las dos piernas amputadas?
¿Qué pasa si mi corazón sólo conoce la palabra 'duda'?
¿Qué pasa si mi corazón sólo sabe vomitar?
Sólo quiero que mis manos destrecen el miedo o el hambre.
Sólo quiero sangrar como Europa.
Tengo mis ojos anoréxicos de verdad.
Anoréxicos de promesas que rompieron el pájaro en amapolas y en gusanos.
Sólo quiero que la palabra me haga tripas de un árbol muerto.
¿Por qué tengo que creer que la destrucción no me salvará?
La destrucción me plagia.
La droga me plagia con mi boca destrozada por el miedo.
Mis heridas plagian tus larvas, devorando las cejas de tus padres.
Tus padres serán ángeles en mi estómago.
Mi vientre sentirá la tristeza de tener tres corazones.
Mi sangre será una pregunta para mis hijos.
Mis hijos no sabrán que la noche se desnucaba
para que la historia fuera en sus ojos una herida sentimental.
¿Cómo matar la historia de sus entrañas narrativas?
¿Cómo sacar el pus de la historia de sus pequeñas bocas
limpias de vómito y sábanas de hospital?
¿Quién me ha hecho traducir el exterminio a sus ojos?
¿Quién me ha hecho crecer con las manos que gritan un crimen?
La noche me mintió.
Se desnucaba para que las amapolas fueran soldados
que me dispararían en la frente.
Mi corazón vomitó a mis hijos.
Mi vientre vomitó el corazón de una ciudad estéril de cadáveres.
Vomitó la "vaca amarilla" de Dámaso Alonso.
¿Qué pasa si la tragedia es la pregunta que nunca quise responder?
¿Qué pasa si el hambre nunca existió?
Tuve que coger mis intestinos.
Tuve que coger la gripe y llevarla con otro nombre.
Dios me trenzó las venas para que mi boca no sonara a milagro.
Me las trenzó para que no fuera promesa.
Me las trenzó para que soñara con la espalda encendida de jaulas.
Mis hijos fueron cadáveres que encendían por su paso al mundo
la duda de ser respuestas.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Vomitar el silencio

Vomitar el arte no era lo mío.
Vomitarme y desaparecer tampoco.
Creía que existía el corazón blando de mi bondad
dentro de mi estómago, pero no fue así.
La guerra estaba dentro.
La guerra me vomitaba las noches
aquellas noches que cultivaban la historia del amor en fosas de historia medieval.
El arte me vomitaba la suciedad que había en mis ojos.
Pensaba que en mi interior había un árbol trenzado de volcanes,
pero no fue así.
Vomitar la palabra era un cuchillo en mi vagina.
Vomitar la vena era una hoguera de hormigas en mi cerebro.
Vomitar mis trenzas de infancia no era lo mío,
no sabía ser niña en tiempos de la crueldad bajo el fuego
no sabía ser instinto en tiempos de puro silencio.
Las montañas me escupían en los ojos la salud de los pájaros tristes.
Las montañas me escupían el pus de los hombres verídicos,
por eso no podía tener piernas de niña,
por eso no podía sentir la comedia en mis piernas.
Me asfixiaba ser la idea de un continente reprimido de ideas.
Mi padre no me castigó cuando perdoné al mundo.
Mi padre no me castigó cuando la tragedia se coaguló en mis dientes.
Mi padre se autocastigó porque no sabía sufrir en el nombre de la noche.
Se autocastigó porque no sabía vomitar el arte.
El arte era demasiado para mi cuerpo de libélula.
Las luciérnagas huyeron porque no podían soportar el incendio en mi garganta.
Las luciérnagas se suicidaron en el nombre del arte.
Se suicidaron porque el arte no nos hacía inmortales.
Tú sabías vomitar la muerte con los brazos abiertos
a una ciudad de cadáveres morados de leche.
No sabías vomitar la muerte del signo,
tu cuerpo se me manifestaba bajo los signos lingüísticos.
Era una imitación de lo que reproducían mi corazón y mi vagina.
Era una hoguera de dudas en mis ojos.
Te mordía la lengua
para que la sangre no se escapara de tu corazón.
Podría haber mordido tus ojos
haberlos lamidos
pero la eternidad tampoco existe en la imaginación de mis huesos.
El gusano roe la cara triste de un bebé.
La inocencia me escupe caballos deformados que sólo se alimentan de mis intestinos.
Esos caballos  hacen de mi lengua
una casa en que tú te haces el muerto o el fantasma
de una revolución  que mi cabeza no quiere controlar.
El arte no nos salva ni tampoco la paz que hay en nuestro interior.
El gusano roe mi cuerpo en la cabeza que hay en el espejo.
El arte me deja ser real cuando matas en tu corazón que late en tus genitales de sombra.
La sombra me deja ser actriz de mis vómitos,
pero no sé vomitar la palabra,
por lo tanto no soy sombra ni soy actriz,
ni soy perra que lame las lágrimas de los inocentes.
Me creyeron muerta.
Y muerta estaré para los gusanos que se creen vivos bajo tierra.
Me creyeron limpia de símbolos crecientes bajo la luna.
Ahora me creen limpia como una lágrima que se extiende en busca de su nada.
Me creen limpia pero le digo a mi padre:
Papá, no sé vomitar.
Papá, no sé vomitar mi vientre enamorado de la realidad.
Papá, déjame matar en silencio.
Papá, no dejes que sea silencio.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Un himno de nuestros cuerpos

Cantaste un himno que hablaba de la caída de nuestros cuerpos
en un vertedero de torres de marfil.
Cantaste un himno para mis venas quemadas de insomnio.
Cantaste un himno sobre los árboles que nacían de tu vientre.
El corazón me palpitaba y no sabía si comer mi garganta antes
que el propio latido de la excitación.
Después del canto, te intentaste quemar en la bañera
con el agua de diamantes.
Cogiste una estampa de un santo
y te preguntabas si eras como él con el corazón construido de mierda.
Después me mirabas y me decías que mis ojos eran de harina.
Me decías que mis labios estaban limados por una lija verde
pero que mi corazón igual que el tuyo eran plátanos podridos
para aquellos gatos que tenían hambre sobre sí mismos.
Me decías que soñabas que en mi vagina había un cuento de hadas
en que ellas se suicidaban en un huracán de ortigas.
Me decías que soñabas con la virgen que te ahogaba en esta bañera.
Me decías que  la virgen  tenía un pecho carcomido de hormigas.
Me decías que la virgen taladraba tu cuerpo y purificaba la sangre con alcohol de romero.
Me decías que te purificaba la sangre con tu esperma azul cristalizado.
Y que tu esperma se traficaba entre los doce apóstoles.
Me decías que  tenía el vientre abultado de poemas.
Me decías que cosía el espejo a su estómago con sus lágrimas de cirios. 
En ese sueño yo te besaba como la tristeza
y me susurrabas a mis ojos que nuestro amor era una paradoja casi sobrenatural.
Después de contarme el sueño en la bañera,
te pusiste a cantar la sangre que tenía en las manos.
Ardía y yo no te ayudaba a salvarte.
En vez de salvarte me ponía a violarme en un ataque de histeria.
Me violé hasta que mis lágrimas no tenían ni significado ni significante
ni podían caer en la huida de mi cuerpo con la realidad.
La sangre ardía en mi vientre cicatrizado.
La sangre ardía en mis ojos y en mi boca como un símbolo perdido.
Nada dolía en esta garganta anestesiada por las siete mariposas de la vida.
Nada dolía en este poema abultado de estómagos.
Cantaste un himno sobre golondrinas que se hablaban entre ellas para comunicarse con la soledad.
Cantaste un himno poético sobre la muerte de la historia.
Cantaste un himno sobre esa virgen que te castró mentalmente.
Me cantaste un himno sobre mi muerte.
Me cantaste un himno sobre mis lágrimas de lejía.
Me cantaste un himno sobre el fuego con el que alimento a los gusanos
sobre los ojos de mi madre esperpénticos de realidad española
sobre el deseo de no ser
sobre el ser del deseo
sobre el deseo de no querer ser siendo la vida dentro de una amapola
sobre la poesía que libera  el impulso sexual
sobre la eyaculación que se derrama  sobre el poema
sobre la locura en las calles ardientes de cicatrices
sobre la voz del poeta
sobre la garganta que se descose en mis labios
sobre la garganta que no me perdona ser humana
sobre mi estómago que se araña a sí mismo
sobre la sangre que cantan tus manos sobre mi pecho
sobre la sangre que no respiro
sobre la sangre que no perdonamos
sobre el poema que eyaculamos de noche y de día
sobre el cigoto de la metaliteratura
sobre la metalingüística de nuestro silencio.
Cantaste un himno sobre tus manos vacías de oxígeno,
con el cual no nos pudimos perdonar la vida.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Me comen muerta

Los ojos me comen.
Los gatos me comen.
Los hombres me comen invertebrada.
Mi corazón pertenece a una generación invertebrada.
Mi corazón crece como un árbol limpio de inyecciones.
Mi corazón no es una ciudad hipocondríaca,
por eso los hombres me comen incinerados de nieve.
Los peces me comen con la dulzura de una matanza.
Los peces me comen para saber dónde está mi vagina.
Los peces no quieren mi corazón.
Los hombres no quieren mi garganta de libélula.
Ellos no buscan multiplicarse en la literatura.
Ellos no quieren buscar la herida en mi pecho de sirena.
Ellos sueñan con ser inmigrantes de la enfermedad.
Los gatos me trenzan la locura.
Los gatos me trenzan la melancolía como un don de la existencia primitiva.
Ellos me limpian la garganta con raspas de un continente tirado a la basura.
Ellos me alejan de la etimología de mi madre.
Ellos me ensucian con símbolos forenses.
Ellos me dejan crecer con la muerte obesa de pájaros.
Los pájaros saben ser símbolos.
Los símbolos no saben que son pájaros.
Los pájaros me comen muerta.
Ellos me comen lentamente al lado de infanticidas de un poema.
Ellos me comen sana en un colchón de clavos, romero y nenúfares de sangre amarilla.
Me comen reconociendo que en mi cuerpo existió el mar antes que la palabra.
Me comen cuando ya la luna no reconoce a la niña que mató a su madre
cuando la amnesia es una polilla enterrada en mi ojo miope
cuando la amnesia es una jaula de ojos que no arden.
Las polillas me comen
y no saben ser artistas de la muerte.
Las polillas comen mi sexo para que mis hijos sean soldados del verbo.
Las polillas comen mi cuerpo como si fuera una catedral de golondrinas desnucadas.
No me quieren las polillas después de que mis ojos se descolgaran de mi sexo.
Quiero que la sinestesia me ahogue.
Quiero que me ahogue hasta matar mis hijos de agua.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La falsa inocencia de nuestros estómagos

Nuestros estómagos son         anillos de carne o de yodo
nuestros estómagos son continentes podridos de luz

el vacío de esta habitación es un estómago que piensa en  nuestros cuerpos
piensa que son árboles
u ojos en una garganta cerrada de carne

y es que no queremos ser bellos ni pálidos ni mutilados sobre este colchón azul

se oye el viento ladrar en nuestras tráqueas tímidas de amapolas
porque nos quieren enterrar en ataúdes de nitrógeno y fuego

los insectos huyen hacia sus cuerpos de diamante para no sentir la realidad
la realidad es una colmena de estómagos
de malas arterias que se cosen solas
de malas arterias que transportan larvas de un árbol caído

y es que  queremos ser niños que vomitan aceite ardiendo a los padres de la hipocresía

y es que queremos ser niños que vomitan ramos de orquídeas blancas a nuestros padres del silencio

no queremos ser niños crucificados en la retórica o en la política rancia de nuestros hermanos rotos de libertad

la inocencia nos mata
la inocencia de nuestros ojos-bisturí araña y extirpa el corazón de la pobreza
la inocencia de nuestra gramática está perdida en un bosque de huesos relamidos por la histeria de ser siempre los mismos que llegan tarde a la muerte
la inocencia nos asfixia con collares de lejía
la inocencia nos entristece porque no somos jaulas de vidrio
la inocencia de nuestros estómagos nos duele
nos duele mucho porque la muerte se raspa para no tocarnos
la inocencia  no es un hueso ni es una bomba de sangre
la inocencia no es inocencia en una tumba de flores

nuestros estómagos nunca fueron inocentes
nuestros estómagos no se quemaron 
nuestros estómagos no se quemaron
porque no podían destruir una ciudad en un vaso de tristeza
nuestros estómagos son trágicos en la danza de la nostalgia
nuestros estómagos son poemas que no sostiene la noche
nuestros estómagos bailan y se marchitan en lágrimas de cloro

no queremos ser niños en una ciudad de odio
no queremos llevar nuestros estómagos a una ciudad de guerra
no queremos llevar banderas de colores que son contenedores de basura orgánica

el hombre no nació siendo respuesta
como tampoco el animal  nació siendo un mar en cenizas

Llevamos párpados amargos
libros que queman las pestañas de la noche
queman para no tener más hambre
la sangre no puede renacer más entre las cenizas
llueve el humano descompuesto
el jabalí muerde la rosa inyectada de enfermedad
la enfermedad se llena de amapolas azules
y la enfermedad se vacía de sí misma
para ser locura y después generación.
En los ojos de mi vagina que mordiste
la guerra perdió su estómago de leche
y tres mil años de oscuridad absoluta. 

Nuestros gatos arañan nuestros estómagos
porque  para explicar la crueldad ya no sirve
la teoría de la inocencia de los estómagos
aplicada a los niños que crecieron sabiendo
que eran  preguntas cuyas respuestas
apuñalaron la ilusión por un mundo nuevo.



viernes, 14 de noviembre de 2014

Follarnos la realidad es el arte de deconstruir nuestra tragedia

Prostituí tanto mis huesos que los pájaros se suicidaron para deconstruir mis vísceras.
Prostituí tanto mis manos que los pájaros se atragantaron comiendo los alambres de la vida.
Quemé tu cama con gasolina, y el dinero que guardabas para pagar tu viaje hacia la muerte.
Había preguntado a tu madre  cómo debía matarte.
Había preguntado a tu madre pura de gramática cómo debía colgar tus intestinos a mi cuello.
Había preguntado a tu madre por qué fuiste el espíritu cruel de mis pulmones y mi corazón.
El león te conocía bien, te perseguía hasta el mar, te lamía la espalda cuando no podías
derramar lágrimas de oxígeno. 
Nunca te valoraste como el antihéroe de una isla de cicatrices.
El león dormía contigo porque no sabías dormir con los ojos cerrados.
El león  dormía contigo porque tus ojos querían encontrar la costura de incienso,
que descosió tu madre para que volvieras a vivir. 
Cuando tú y yo ardimos en un bosque de lunas que se masturbaban en un vaso,
nunca pensamos en reinterpretar el odio que estaba dormido sobre nuestras clavículas.
Ese odio que me hizo amarte en anillos de ceniza es el mismo odio que te provocó vender tu realidad a la realidad.  
Te excitaba cuando intentaba abrirte los ojos con la lengua.
Y ardías cuando dibujaba en tu boca la dialectología de nuestros órganos.
Y ardías cuando fumabas el dinero que te regaló tu padre que quiso ser un dios de un mar con cristales y sueños.
Y ardías cuando tu excitación se transformó en una náusea de nieve.
Pero llegué a un momento en que quise rociarte el semen de los dioses muertos a tu cara para que dejases de llorar porque íbamos a morir sin haber visto la basílica de la cruel belleza.
Pero llegué a un momento en que quise enterrarte junto a mi gata porque yo te quería como un animal con alma y un dios sin todo. 
Cuando quemé tu cama, recordé que sobre ese colchón éramos ideas del sol. 
Cuando quemé tu cama, recordé que éramos poetas de la penitencia que follábamos en un país esquelético de sangre.
Ahora estoy aquí desnuda, queriendo follarte, con las estrellas que destriparán los intestinos de los políticos de barro.
Y ahora estoy aquí desnuda, pensando que cuando estemos muertos, traduciremos a los poetas tristes como los leones que ladrarán costuras de incienso. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Gargantas desnudas en una bañera

Las moscas  nos venden el fuego de un dios monosilábico que todavía no ha nacido. 
Las moscas nos besan para contaminar el aire de incestos.
Las moscas nos prometieron la libertad antes que el mundo fuera destruido
por uno de nosotros.
Las moscas no saben que fuimos cortados por el mismo cuchillo de cocina
que perdió nuestra madre cuando se fue por un bosque de costuras sucias. 
Nos abandonó en una bañera para que fuéramos los padres del vacío.
Tuvimos tanto miedo de nuestros ojos que nos arañamos la cara con las uñas postizas de nuestra madre.
Tuvimos tanto miedo del espejo que esparcimos nuestros glóbulos al agua.
Tuvimos tanto miedo de reconocer la verdad que hicimos que los poemas fuesen
bisturís con cada uno de nuestros órganos blandos. 
Nadie nos quería cuando intentamos alimentarnos de los árboles menos podridos del otoño
cuando intentamos dibujar la sombra de una cigarra hambrienta de ojos y de estrellas.
A mí no me quería porque el verbo me rasuró tanto que la herida fue mi cuerpo. 
A ti no te quería porque apuñalaste el árbol de carne más disecado de su vida. 
¿Por qué se fue? Y dónde está ese bosque que nunca quiso dibujarnos en nuestros omoplatos?
Puede que a ti la imaginación te da miedo porque allí eres cruel conmigo
porque allí puedes matar a la madre sin rostro.
Puede que a mí la muerte no me inspire asco.
O puede que tus vísceras me den asco sobre mis ojos. 
Miedo o asco. Nuestra madre nos enseñó que las palabras pueden ser asquerosas o pueden darnos miedo. 
Nuestra madre se enamoró de su hermano, pero también se enamoró de un árbol enfermo de ojos amarillos. A su hermano nunca lo hemos conocido aquí,
solo en nuestra mente separada de las losas inyectadas de blanco, 
que están calientes porque dibujó antes de irse un sol con  un cuerpo de niña mutilada.
Hemos visto cómo se caían nuestras pestañas sin decir algo que valiese la pena llorar o morir. 
Hemos visto que los bichos que nacían de nuestros ojos se comunicaban más con el silencio que con nosotros.
Y a pesar de ello, quiero lamer tus ojos para saber si estoy naciendo de nuevo,
para saber si tengo jaulas de cenizas para alguna vez andar caminos de guerra .
Y es que nuestra madre puede que se fuera para buscar a su amante  y así saber lo que es la vida en un vientre de cuellos y metáforas merecidas por el significado de existencia literaria.




jueves, 6 de noviembre de 2014

En mi vagina guardo las banderas que quemó el amor


En mi vagina guardo las banderas que quemó el amor.
En mi vagina guardo el poema nocturno que ardió en los ojos del tigre.
En mi vagina llevo una niña que se suicidó en un rosal,
llevo una niña que cogió una escopeta y disparó a las princesas del viento.
El árbol gris quiere morder la vena más dulce de los peces de agua dulce.
El árbol gris quiere violarme para escuchar el latido de un gorrión.
Y es que mis lágrimas caen en una antología de horizontes masturbados
por la boca de un colibrí de cemento.
Y es que mi vientre sólo sabe llorar continentes de sangre.
Y es que mis manos sabían apagar el fuego antes que la sed.
Y es que las amapolas conocían el mundo mejor que yo. 
Y es que  sabías escribirte romances trágicos en tu garganta de sirena.
Pero no sabías ser un instrumento de una idea romántica
ni sabías  morder mis pechos de cristal 
ni arrancar mi pubis de las alas de una cigarra.
Por eso los pájaros se masturban hasta que dibujan
coronas para aquellos que solo ven muertos en las estrellas.
Por eso ensucio mis pulmones de verde
por eso dibujo también coronas de luz para aquellos que solo ven playas
de niñas ahogadas en mi boca.
Por eso te vomito montañas de lejía sobre tus piernas. 
Porque nunca supe ser la hija de un padre de tres ojos.
Pero sí supe ser la hija del espejo
y  la hija de mí misma.




sábado, 1 de noviembre de 2014

La tragedia en los ojos del padre

Los perros no se suicidan en montañas de ácido blanco.
Tu padre ve cómo vomitas 
sobre mis pechos el té con leche.
Hemos horneado nuestras chaquetas de sangre
porque la muerte no se acercaba a lamernos la cara.
Tu padre ve cómo la muerte tiene miedo de nosotros. 
Tu padre ve cómo los pájaros se precipitan
a coger un cuchillo porque quiere apuñalarnos
a todos ya que no supimos salvar el mundo 
con los ojos cerrados quemándose en el silencio.
Los perros no se suicidan en montañas de ácido blanco.
Los perros duermen en un palacio de llagas gordas
parecidas a las llagas que un día lamió tu madre
para curarse de una intoxicación sexual sagrada.
Tu padre ve cómo los pájaros se desnucan
hasta que caen en su cama de poesía clásica.
Tu padre  quiere arrancarte tus sesos de amante profundo
y enterrarlos en una maceta, y ver cómo florece
un cerezo con flores verdes contaminadas de moscas
y ver cómo los ahorcados vuelven volando
 como los hijos del verbo.
Tu padre ve cómo nos abrazamos después
que tú me hayas vomitado
después que tú me hayas besado con el labio contusionado
con las lágrimas de aquel niño que tenía miedo de ser un diamante 
y un pétalo de amoniaco en las manos de su madre.
No queríamos que la guerra calentara nuestros huesos de cristal.
No queríamos ser los soldados de un amor lacrimoso.
Queríamos ser ambiciosos subidos a un cadalso.
Tu padre se aleja, y no sabe cómo nos debe mirar a partir de ahora.
Tu madre está soñando que su marido está muerto
en una cama de nieve y flores de manzanilla.
Tu padre ha tenido miedo al ver que estábamos dormidos y desnudos
sin el temor de que un psicópata podría entrar en la habitación
y apuñalarnos en ese momento.

domingo, 26 de octubre de 2014

Fuimos jóvenes y no supimos leer este poema

Fuimos jóvenes y no supimos detener el tiempo.
Sin embargo, ahora amamos la historia
anatómica de nuestro ser.
Ahora amamos la descomposición del arte.
Ahora nos gusta que nos arañen los gatos
cuando estamos en la cama
sintiéndonos vulnerables ante tanta tragedia
que hay por encima de nuestras cabezas de plástico.
Ahora nos gusta clasificar nuestros dientes
según la sangre que hemos derramado
para que el aire fuese más o menos cruel con nosotros.
El espejo nos ha hecho tanto daño
que los sentimientos lastimaron a los árboles
y los árboles violaron la belleza de los peces,
tanto que los padres de la libertad se ahorcaron
con bufandas de ácido.
Fuimos jóvenes y no supimos leer el drama
de una ciudad ardiendo en cicatrices.
Sin embargo, ahora amamos el odio de nuestros hijos
hacia el mundo.
Ahora nos gusta prostituir poemas de ceniza
en los mataderos del egocentrismo.
Ahora nos gusta ser perros de agua caliente
para violar a los ángeles que nos prometieron
una nueva gramática para leer el erotismo de la enfermedad.
Ahora nos gusta que los versos flagelen nuestros glúteos
hasta  ver la sangre violeta en los ojos de nuestros gatos.
Fuimos jóvenes y no supimos leer la sangre de nuestros padres en el papel.
Sin embargo supimos masturbarnos con la boca
y nuestros gatos abandonaron la ternura para ser sirenas de metal.
Sin embargo supimos amarnos con el tumor hacia dentro
y nuestras sirenas abandonaron la histeria para ser águilas en llamas
y descansar en nuestros sexos tupidos de bocas y dientes que salen
de un posromanticismo grasiento no investigado por la madre naturaleza.

martes, 21 de octubre de 2014

Tragedia sentimental

¿Dónde están los guantes para limpiar esta sangre
que sale de mi pecho?
Mis pulmones no pudieron medir la tragedia
en un cubo de basura, puro de atrocidades
humanas.
La noche no pudo reconocer su delito
porque los niños sabían matar antes que sus padres.
Eres mi marido. Recoges mis transfusiones de óxido
para regar las flores que descansan en la tumba de mis bisabuelos.
¿Pero dónde está la esponja para limpiarte la sangre
que sale de tu vientre?
Tu vientre no pudo soportar la caída
de mis  órganos democráticos de esta realidad.
Podrías haber fingido que sentías al menos vergüenza
cuando yo quise destruirte en una reacción de despecho,
pero estamos aquí en la ducha
manchándonos con este líquido que no huele a nada.
Nunca nos entendimos como hijos de la tragedia.
Fuimos malos hijos de la destrucción.
Nos prostituimos para conocer el origen de la tristeza.
Nos prostituimos porque nos decepcionamos
de los sentimientos  más transcendentales de la vida.
Nos prostituimos porque el matrimonio
nos hizo tanto daño que nuestros intestinos
estaban para tirarlos
a un contenedor de reciclaje.
Nos fumamos el seguro de vida que tú mismo pagaste para mí.
Nos fumamos el dinero que nos hizo ser hijos mayores de la libertad.
Ahora te sientes muy sucio porque no sientes tu corazón
entre mis piernas, después de haberme matado supuestamente.
No te preocupes, haremos de esta tragedia una fantasía sexual,
y querrás enterrarme para siempre,
o no.



domingo, 12 de octubre de 2014

El porno de las heridas blancas

Nunca dirás que la herida tiene una base económica en tu pecho.
Nunca dirás que en dónde está la herida se construyó  el porno con clavos.
Nunca dirás que las avispas eyacularon el rencor sobre tus párpados.

Tu herida habla de  Europa maquillada de cloroformo.
Europa amputada                  ojos de Lázaro abiertos            el aire se come a los hombres.

Tu herida se inmortalizó a sí misma.
Restriego mis rodillas con un estropajo viejo verde
y tú lames el suelo que besaron tus queridos Médici
y los santos no bendicen nuestras cenizas con las que pintaron la cara del humanista.

Restriego mis rodillas porque grabé la ópera de tu digestión.
Restriego mis rodillas porque las besaste como una reliquia barroca.

Tu herida no me habla en una gramática pornográfica.
Tu herida no me habló        de que los griegos           levantaron tu carne
para construir un toro manso para las estrellas del este.

Tu herida no  habla de mi clítoris triste.
Tu herida no me habla de la posibilidad de que hayas matado a una familia.
Tu herida no me habla       de signos paralingüísticos 
 de cuál es la causa por la cual te has intentado suicidar, 
 desangrando tus genitales poco a poco.

Besaste a Whitman porque creías que iba a ser el carnicero de tu corazón.
Besaste a Whitman porque yo no besé tus ojos inflamados de tristeza contemporánea.
Besaste a Whitman porque veía que tus venas podrían ser la iglesia de un sueño.
Besaste a Whtiman porque la herida blanca estaba seca en el papel.

Tu herida fue besada por un ratón terrorista.
Tu herida fue besada por el arte huérfano de los conceptos.
Heridas huérfanas de sangre cuajada.
Heridas huérfanas de hombres rojos

Otra reconstrucción que plagian mis ojos en tu boca:

Herida blanca/verbo castrado en mis rodillas
Herida romántica/ hambre simbolista
Herida abierta/ Micky Mouse se ha suicidado
Herida pornográfica/ montaña que apuñala mi vientre
Herida suicida/ arte hipersurrealista/ la hemorragia nasal tiene un precio
Herida capitalista/ Cristo se come los dólares bañados de sangre capilar
Herida sucia/ coágulo saliva en mi párpado rajado
Herida infantil/  niña y caballo.






domingo, 5 de octubre de 2014

Ofelia, y su teoría del estómago muerto

Ofelia se come la trenza del lenguaje ambiguo
muerte vanguardista
de tulipanes traducidos por la ceguera de dios.
Ofelia come mi trenza para dársela como papilla
a los gatos más hambrientos de las calles grises del fuego.
El río se contamina.
El bosque traduce la crueldad del estómago.
El bosque me traduce las drogas en los ojos de los peces.
Ofelia come el vello que abunda en el corazón de las bestias microscópicas. 
Ofelia come el cráneo de mis hijos.
Ya dejaron de producir la anestesia verde.
Ya dejaron de producir pinzas para detener el hambre.
Ofelia reescribe la teoría del estómago muerto.
Ofelia se hace un collar con los dientes de Rimbaud.
Los peces me reescriben en la lengua de los ángeles psicoanalistas
el verbo que se suicida de manera pornográfica en mis labios.
Ofelia  come mis uñas que descifran la herida de un orgasmo.  
Ofelia  come la barba de "lingüística moderna", e inviable de los banqueros.
Las leyes cortejan a los gusanos medievales de mi cuerpo.
Ofelia y yo hablamos de cerdos que nos contaban relatos sobre ciudades
supervivientes a la economía carnívora.
Hablamos de que la sudor tiene un color quirófano.
Hablamos de que en su cabello se esconde
el léxico de una relación sexual frustrada.
Hablamos de que en mi cabello se esconde
la tristeza de un atardecer nublado con mis pies tocando
la sábana y la soledad de un amor no correspondido.
Hablamos de que  una vez los trovadores vinieron con armas blancas
para recitar a la noche masturbada por el oeste.
Hablamos de que una vez los trovadores llevaron
liebres desangradas para nosotras.
Hablamos de que una vez  los trovadores llevaron
la orgía de los árboles vestidos de blanco.
Hablamos de la enfermedad de los árboles.
Hablamos de la posible muerte de los trovadores por
un beso de una bomba nuclear.
Ofelia come mis cejas y mis pestañas
para olvidar que existe.
Ofelia come amando los siete estados de su corazón
y los siete estados de mi infancia sexualmente
manifestada.





jueves, 25 de septiembre de 2014

Inyección amatoria

Hay una tumba de ríos en mis mejillas hinchadas
de basura caliente o de agua roja. Me inyecto en las raíces de mis dientes
el color amanecer o la duda de ser contagio.
Me contagio en el dolor o en el asco.
De nada me sirve dibujar una motosierra
si no tengo las piernas preparadas para un resfriado
si no tengo las piernas sanas y vistas por un médico
en un acuario con escamas que hierven la leche
en un cazo olvidado por los dedos de luto
y por una estrella que dejó ser vampira
en las pestañas de mis abuelos.
Me contagio en la duda de ser Florencia, enferma
de polillas de invierno y ratas que nadan al estilo mariposa.
Bebe la vaca la vena gruesa de mi vientre,
que una vez  bebiste porque creíste que era un antibiótico
para tus células amatorias que vimos en nuestros encuentros
efímeros en la cocina de tus padres supervivientes 
a un tercer amor adolescente.
Bebe la vaca el contagio y la caída de mis uñas.
Creíste ser un tenor de Venecia,
un tenor, que un día destrozó los oídos de los jardines,
que trotó como Neptuno por el vello de la pureza marina
hasta encontrar un carnicero para sus cuerdas vocales,
para sus venas que ladraron una nación podrida en los ojos de la luna.
Creíste que mis manos burguesas te iban a dar la universalidad del amor.
Creíste ser un cocodrilo muerto y asado en la boca de una niña, que murió
por buscar el cráneo de su madre en los dientes del Papa.
Bebo  el verso escuálido y sacro de mis ojeras
bebes el retrato de un amor manchado de pus
bebes el exotismo de mi vagina abierta a los cuchillos del sol
y comes los girasoles por sentir que la eternidad te sodomiza
hasta creer que estás solo en una capilla
y que Cristo va a besar tu huella vacunada del tétanos.
Cristo te tatuará la palabra "templo" y el amanecer  sustituirá
mi dolor-raíz-interno por el nombre que no aparece en las reglas del hambre.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Orgasmo subterráneo

Violeta engancho el alacrán a mi rezo
pronuncio la tripa celeste
flujos-rama-incandescentes resbalan
por mi ombligo torturado
quebrantando el soliloquio de los árboles
desnudo el encéfalo sangrante
desnudo la fonología de mi clítoris: volcán negro de hormigas
pronuncio la saliva bizantina
en tus córneas 
dibujo hematomas en mi médula
versos  capilares flagelan la mancha
quemadura que despelleja la santidad
del cráneo
arrugas en mi clavícula
amor por los jardines contusionados
galopa la hemorragia subterránea
tejo en mis uñas las sábanas con mis orejas mutiladas
el verso harto de su estómago caliente
la lectura de las ojeras de una gallina crucificada
mi vello púbico se incinera en una caja funeraria
el tigre se come al bebé sano que sale de mi clítoris
el tigre se come la poesía harta de sí misma
el agua reclama su origen
su incertidumbre
 y su peso en mi corazón de óvulos
óvulos sacados del pellejo de la luna
sacados de las plumas del gallo pálido en un barreño
sacados de los párpados azules del sueño
sacados de los dientes del zorro
mi clítoris muerde el nervio de la muela
fracturada de anestesia
el zorro destripa los intestinos gruesos
de los árboles amarillos
su barriga sucia quebranta el silencio
de los alacranes de mármol.
  

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Exhumo cerezas


Taladras mi pecho que exhuma cerezas
mi pecho de fuego que asa las mejillas de un yo cohibido.
Coges la lluvia de flores y entierras a Lana del Rey
en una urna de doble cristal para que no la maten
mientras duerme y pronuncia el paraíso de un renacimiento.
Besas sus labios resumiendo la arena del mundo en un instante de gas.
Lana del Rey se come sus uñas postizas para no arañar el sol
con el que te ves el rostro magullado y tus ojos llenos de testosterona-
infantil-no reconocida por tu corazón de sangre sabia.
Segregas tu saliva coágulo azul azótame con la vena arrugada del viento.
Luchas con la música de tus órganos que digieren la voluntad.
Mis medias rotas se resumen en la garra cruel de la soledad
en tu garra semiótica de lo que siempre has soñado y lo que me has querido decir.
Te imaginas que soy la musa de la lingüística de tu ser.
Te imaginas que los grandes tigres que has visto en el videoclip de Born to die
muerden poco a poco los músculos de mis ingles
que los cierras con hilo y los sanas con esmalte rojo.
Yo quiero tocar ese azul cielo cúpula con esos querubines diabólicos
que me recuerdan a los duendes que secuestran a Santa Beatriz.
Quiero que te aten en un árbol y te depilen tus brazos y tus piernas
para que te ensarten cuchillos como a San Sebastián
y que las moscas te quieran más que yo.
Las moscas estarán deprimidas porque tus orgasmos
serán rosas crudas que me vomitarás en mis piernas de Blancanieves
en las piernas de una gripe de otoño.
Taladro tu ombligo de dios muerto para que el perro de la juventud
lama tu sangre blanca de cuerpo poético.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Billetes que queman estómagos o amor


Puedes sentirte honesto contigo mismo
quemando tu ropa de adolescente.
Anoche te encontré en un banco tirado inconsciente
con una pistola sobre tu vientre, 
y una paloma te estaba sacando de tus bolsillos
y de las tripas de los banqueros algún billete
diamante o el corazón de una vaca que vomitaste
sobre el pecho de mi padre.
Y ahora estás quemando tu ropa
y me dices que me vaya a ver el final del mundo
que está cerca porque el miedo no existe ni tampoco la sociedad.
Ahora me dices que traficas oxígeno para un jardín botánico.
¿Acaso no piensas que no estoy enamorada de tu anatomía
interna sentimental que- no -se- vende- ni- se- compra?
La felicidad abstracta se va a ratos de nuestros cuerpos
mutilados por un seguro de vida/muerte/frontera/corazón
mientras el alma existe en una ciudad de caníbales.
Me hablas de las vanguardias con las que masturbamos
el corazón de un drogadicto sincero con la realidad.
Me dices que no soy sincera con el mundo real.
Yo te digo que tu silencio no es sincero con tu cuerpo.
Me dices que antenoche viste como del cielo caían billetes ardiendo
y que corroían la piel de nuestros vecinos silentes
las tumbas de los héroes que limpiaron nuestro pan
para comerlo con seguridad y armonía.
Me llevaste a un anfiteatro donde había cráneos
donde había caballos que lamían los cráneos para no sentirse solos,
donde los actores descansaban de sus máscaras,
donde las máscaras estaban guardadas para los banqueros del mañana.
Te sientes frustrado por no tatuarte el dólar en tu lengua
o en tu máscara de hierro.
Imaginas que estamos bailando desnudos
mientras el mundo se queda absorto mirando cómo la oscuridad
entra en las puertas de sus dormitorios y la cama sin actores porno
sin actores que interpreten la felicidad.
Falta que ases tus órganos vitales como aquellos mártires
pintados en esa etapa oscura de la Edad Media
se ven esos Cristos estáticos serios esa mirada de jueces que te llevan
a una silla eléctrica o la cadena perpetua.
Te quiero porque mi vientre así te siente, me susurras.
Y la ropa se quema y las hormigas te esperan
para ver cómo comes sus monedas.


martes, 2 de septiembre de 2014

Sueño leproso (VI)


El sueño devora el ojo pegado al vientre del león.
No es el león lila, sino otro que ruge
los hierros de nuestro sistema circulatorio
que ruge rosas de litio a los niños del sistema solar.
No puedes detener las cataratas de sangre que echa la herida universal.
El silencio no te deja ser la bestia que lamió el clítoris de la muerte
que lamió mi clítoris cuando la luna se quitaba sus escamas
en nuestros ojos.
El silencio del león te deja creer en la sirena de diamantes
en los borrachos que almuerzan
la ciudad funeraria de los poetas del verbo.
El león come tus cuernos azules y tu cabello trenzado por las tres damas.
Las estrellas de la enfermedad roja se queman en tu rostro
y lloro por sentirla en lo no absoluto de mis palabras
por sentirla en la médula de la ceniza blanca.
No cambia la velocidad de la luz rota
ni la yema ya batida en tus ojos.
Se ríe por tu rostro de mantequilla pálido
de ver entre los dientes de algunos perros pájaros de cristal.
Lloro miel amarga por verle así
porque le deseo con mi corazón apuñalado con el vidrio de una iglesia gótica.
Veo en tus ojos la metaliteratura de la crueldad.
El león come el corazón de Judas sobre tus genitales.
Me besas mientras el león se ríe de sí mismo.
El profeta americano beberá la sangre de María en tu cuerpo de cordero.
Y el poeta del nosotros-universales masturbará nuestros órganos
psicodélicos y sexuales de la metapureza
y estaremos desnudos y cansados de traducir la tristeza.
Y posiblemente llore algún niño solar
algún hombre jardín por ver al león desenterrarse de sí mismo
con las pulgas mordiendo la carne opiácea del invierno.

martes, 26 de agosto de 2014

Narcótica herida

Fumas la narcótica herida del sol.
Te haces una corona de billetes de cinco,
te imaginas ser un dios fumando los testículos de Pluto.
Coses en tus costillas la constelación del éxtasis
dibujas la geometría del orgasmo
mientras yo veo cómo los efebos cosen tus girasoles
en sus tiernas mejillas quemadas por el brillo del aluminio.
Toso la semilla de tus feromonas imperfectas.
Fuiste un stripper para los viejos dioses más cotizados de la sin- nada.
Tuviste que dejarlo para regar tus girasoles que eran alimento
para los pájaros que no aullaban las cenizas de la  palabra.
Encontraste higos podridos en tus oídos por tu trabajo.
Fumas la piel arrugada de la inocencia.
Imaginas a un chico virgen tumbado entre amapolas
y sientes que las amapolas lo violan mientras el viento acuchilla
los genitales relucientes de su padre que podría ser un centauro
en los ojos minúsculos de un caracol.
Estás sensible porque olvidaste que ese niño eras tú.
Lloras sobre mi pecho libélulas rojas.
Tus cicatrices de tu vientre huelen a formol.
Fueron marcas por una pelea infantil 
con tu hermano devorado por su estómago vacío.
De pequeño soñabas  con ser el cadáver de un paleontólogo.
Ves en el agua tus rodillas sucias de pestañas y costras mal curadas.
Las moscas empiezan a vigilar tu carne abierta.
Tiemblas porque imaginas tus girasoles tirados en una habitación no huérfana
de erratas y equivocaciones de nuestros mayores.
Tienes la carne frágil-absolutamente frágil- te toco como a un verbo herido por el yo.
Ves un agujero triangular en mi costado.
Un agujero negro que absorbe tu resistencia-al-amor-inexistente.
En él imaginas tus intestinos en un plato blanco en el  suelo.
Muerdes mi pecho para saber si la realidad es un plato blanco en el suelo.
Engordas el vacío que ha dejado el orgasmo en tu médula espinal.
Y yo cierro los párpados mientras fuera oigo un bombardeo de tulipanes de plástico
y los niños se mueren de miedo porque no quieren enamorarse como adultos.

viernes, 22 de agosto de 2014

Sueños leprosos (V)

Un poema transparente ojera que sangra.
Un orgasmo silencio que cubre
 la ceremonia estéril.
Una abeja ladra en tu oído.
Una polilla ladra la basura de tu cerebro.
Una vaca come tus pezones de niño océano.
Una mariposa muerde el verso equivocado
muerde el vientre de leche de una gata
muerde la generación mitológica de tus venas
escayoladas de drogas.
¿Coges el pánico o el poema?
Sólo el color mutilado del mar, 
o la geografía herida.
Te escuece.
Ves  los pájaros llorar sus incestos.
Un caracol besa tus nalgas de cristal.
Las musas reconocen el terrorismo a sus dioses.
Las musas epilépticas besan tu mano.
Desgranan tu rostro andrógino.
Te tiñen el pelo de rosa y las lágrimas, de petróleo.
Liberas el esperma azul de tu infancia.
Yo, en cambio, te crucifico en mi manto de
de cigarras mudas,
de amante durmiente.
Y los niños encienden la guerra en tu vientre.
Te ponen tubos de oxígeno.
Es una ceremonia estéril.
Mis ojos sangran vidrio.
Y tú sangras lejía sobre mi cuerpo desnudo.
Un cerdo tiene celos de tu vientre.
Quiere violarte.
Contaminar tus órganos blandos de gasolina.
Yo mientras te limpio los labios de espuma.
Hay niñas con máscaras de oso que van a vernos.
Estás viendo sangrar Europa sobre tus genitales.
Estás viendo tu pánico sobre tus genitales.
Tienes piernas para ver arrodillar el silencio.
La virgen de hospital te dejará curado
cuando la noche se vomite a sí misma sobre la tapa del váter.














martes, 19 de agosto de 2014

La simetría del frío

Nadie me dijo que al nacer odiaría tanto el lenguaje
como soñar que la ventana tendría mi cara
mi sangre y el amor de hacer tu cuerpo
cenizas pastillas jaulas ciervos avispas
un museo nublado de vientres ajenos.
Me sacaron al nacer el color orina el color lágrima el color inocencia.
Mis pulmones todavía prematuros arañan el color enfermedad
y tu amor de tatuarme espejos donde la niña confunde
los peces con los ángeles de la guarda.
Nadie me dijo que era una traducción del frío
nadie me enseñó el cadáver que había en los ojos de la amapola.
Podrías tatuarme costras o cicatrices 
que mienten sobre el tiempo.
Podrías tatuarme máscaras en donde no sabemos
ser actores de las heridas.
Yo podría hacer de tu vientre
un cementerio de tiburones vivos.
Yo podría depurar lo que derramas sobre la noche
depurar la contemplación de la noche.
El ojo derramó la pregunta que duele
calentó la mano que duerme en el espejo.
Nadie me dijo que era una traducción de un espejo.
Repetí tanto el color de mi huida que el cadáver
estaba caliente en los ojos de la amapola.
Podrías tatuarme rostros ciegos de lluvia ácida,
están mudos ya que intentan
encontrar  la simetría del frío.