jueves, 19 de diciembre de 2013

Aprendo a hervir mi reflejo

Hiervo mis pestañas como pétalos de lilas.
Mi nariz está plastificada.
Soy un maniquí conocida por los hombres sin pies,
escucho el agua
y la pared se hace herida,
mis manos no me encuentran,
el humo, el hilo rojo y la última gota
se desperdician.

Nadie me quiere tocar,
el miedo me hace pared.
Creo que mi boca pesa como una panteón,
como un vaso lleno de retinas blancas,
de una conciencia hundida,
con la verdad en forma de desierto
que se reblandece como mis piernas.
Solo me permito soñar que me pudro
alrededor de maniquíes
que imitan tanto las noches como las piedras
que guardan la palabra.

Ladra el suelo,
tumbada con el rostro hervido,
con las sombras raspando el espacio,
oigo el crujido de los insectos,
poco a poco se convierten en polvo
en las manos de los ángeles.

Monstruos con la boca seca
se miran a través del agua caliente,
con las cejas depiladas,
sujetando el silencio
y los espacios de cada palabra
que llaman hemorragia a la sangre
que sale de mi mente
de cáscara rota
y líquido blanco,
que me hunden hasta gritar
en el espejo que toca mi costado
el perdón a los vivos
como este punto existente
entre mis pies.

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