domingo, 27 de octubre de 2013

La hora en que nos comemos

Dios me ayudó a poner los ojos
debajo de la mesa,
rebocé mi cuerpo
y ahora lloro por tu cadáver,
y tú lloras porque abro la ventana
para que el viento se desnude para mí.
Me dejas el testamento
para que escriba manzanas infladas,
a punto de explotar,
para que mi vientre lo único que pueda hacer
sea rezar, ver mis rodillas caídas
porque el cielo se coge con los dedos pringados
de huevo.
Con el leve humo del aceite elevándose
sobre mi cabeza,
ha llegado la hora de creer,
ha llegado la hora de comer
y pedir que dios sea una manzana
para que comamos de ella,
aunque te cubra
de espejos en este instante. 

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